martes, 26 de abril de 2011

El conde Gonzalo Sánchez de Galicia y su victoria ante los vikingos

Gonzalo Sánchez fue un conde gallego nacido hacia el 920. Como otros muchos hombres de esa época, sus orígenes habría que encontrarlos en las montañas astures. Siendo sus antepasados los viejos repobladores que desde las montañas de Asturias reconquistaron Galicia a los musulmanes del califato de Omeya, repoblando a posteriori esas tierras con nobles y guerreros cristianos procedentes de la cornisa cantábrica.
En el 956 - 958 se rebeló contra el rey de Leon Sancho I “el Craso”. En las crónicas oficiales se le acusa de envenenar con una manzana al propio rey.
Pero quizás el caso mas interesante y destacable de este personaje sea durante el reinado del también rey leones Ramiro III (966-985).
En esos tiempos las costas del cantábrico fueron nuevamente atacadas por una importante flota de barcos vikingos, muchos opinan que esta tercera oleada fue la mas numerosa a la par que importante. Y sería otra vez un Ramiro quien pondría fin a los ataques y saqueos.
El caudillo noruego Gunrod, sembró el terror por la costa, saqueando y consiguiendo un importante botín. Al llegar a Galicia se adentraron en el interior de la región, llegando incluso a las inmediaciones de la capital del reino (Leon).
Ramiro III con bastante esfuerzo consiguió convocar a la mayoría de los nobles de su reino, compuesto en esos tiempos por el ducado de Cantabria, Condado de Castilla, Leon, Galicia y Asturias. Las huestes de estas comarcas marcharon para poner fin a la invasión vikinga del reino. El gigantesco ejercito y sus nobles, se pusieron al mando del conde Gonzalo Sánchez y el obispo San Rosendo. Ellos combatieron a los vikingos de Gunrod hasta obligarles a retirarse a las costas, donde se encontraban sus barcos a la espera. Allí siguieron luchando hasta conseguir derrotar a los vikingos, quemar sus naves y recuperar el botín que habían robado.
El conde Gonzalo Sánchez, no tuvo clemencia con los vencidos, y ejecuto a todos los vikingos que habían sido hechos prisioneros tras la derrota de sus ejércitos.

domingo, 24 de abril de 2011

Fundacion Rueda Solar

miércoles, 20 de abril de 2011

Caelia la cerveza de los celtiberos

La Caelia Celtibérica era, a decir de historiadores y arqueólogos, la bebida favorita de los Celtíberos. Se trataba de una especie de cerveza elaborada a base de trigo, que según Orosio:

“Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador.”

Hay dudas sobre si estaba realizada íntegramente de trigo, o una mezcla de cereales. No se trata de ninguna pócima mágica. Según los estudiosos, la caelia formaba parte de su cultura, y se tomaba en rituales quizá prebélicos. Los Cántabros desarrollaron su propia cerveza llamada zhytos, muy similar a la caelia.
La fabricación de la cerveza era pues algo habitual entre los indígenas usando un producto, el cereal, que permitía su elaboración durante todo el año. Se destinaba, generalmente, a un consumo familiar, por lo que no era necesario tener grandes espacios o estructuras dedicadas a su producción.
El consumo de cerveza en la península Ibérica tiene una larga tradición,
En el valle de Ambrona, en Soria, se hallaron restos de cerveza elaborada con trigo en vasijas y otros recipientes que correspondían a parte de los ajuares funerarios, con 4.400 años de antigüedad (hacia el 2.500 a.C).
Son pocos los elementos que permiten evidenciar en un poblado la presencia de esta bebida, salvo los recipientes relacionados con su fabricación como son los denominados “vasos cerveceros” o candiotas. Poseen en la parte baja un pico vertedor y posiblemente, se utilizarían como decantadores.Se desprende de ello que era una bebida común en los poblados y consumida en numerosas ocasiones.
La caelia celtibera, era posiblemente bebida en ocasiones singulares por los pobladores indoeuropeos de esta vieja península. Seguramente en rituales, festejos o festividades religiosas. Pero no fue únicamente una bebida destinada al disfrute culinario de los habitantes de Iberia.
Según los describe Orosio 5,7, 2-18, hablando de cuando los numantinos se reúnen valor para el ultimo combate (133 a C):

"Por último irrumpieron todos de súbito por dos puertas, después de haberse bebido una gran cantidad, no de vino, en el que esta región no abunda, sino de jugo de trigo artificiosamente elaborado, jugo que llaman "caelia" porque es necesario calentarlo. Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador. Encendidos por esta bebida, ingerida después de larga inanición, se lanzaron a la lucha..."

Dejando bastante claro que al igual que otras culturas indoeuropeas de centro Europa y el norte del continente, los celtas de la iberia indoeuropea usaban la caelia como vehículo ritual para encontrar un valor sobrenatural que les hiciera luchar hasta la muerte contra un enemigo muy superior. Algo similar a los hongos que utilizaban años mas tarde los famosos berserk vikingo, una costumbre tipica entre varios grupos de pueblos europeos de raigambre hiperborea.

La batalla de las naciones 2011. Uno de los mejores y mas brutales encuentros de baja edad media en Europa

martes, 19 de abril de 2011

Los pelendones I

Existen ciertas controversias sobre el carácter de la invasión celta del territorio de Iberia, también sobre las características de los pueblos que conformaron Celtiberia, sus expansiones territoriales, sus contactos y épocas diferenciadas en las que se produjeron.
Los estudios especializados parecen coincidir en que la presencia celta en la Península fue producto de una invasión de los pueblos de Centroeuropa, de forma prolongada en el tiempo a través de consecutivas oleadas. Sin embargo, existen pareceres encontrados en torno a sus momentos, intensidad y duración. Algunos autores defienden que la primera se produjo hacia el siglo XIII-XII A.C.
Sin determinar con exactitud el número (se han diferenciado más de cinco), ni los momentos precisos de estas, se describen dos grandes movimientos de integración territorial. El primero se habría producido hacia el siglo IX-VIII A.C., bajo la llamada Cultura Hallstática, o de "campos de urnas", y un segundo aporte en torno al VI-V A.C., con características culturales de La Tène, aunque hay autores que señalan que esta aportación cultural fue escasa debido a cierto aislamiento de los celtas peninsulares con relación a los del resto de Europa. De cualquier forma, los recién llegados respondían a un origen geográfico común, y a unas características culturales y lingüísticas similares, subdivididos en múltiples ramas y tribus. A este grupo étnico los conocemos como "keltoi", "gálatas", o "celtas".
Los PELENDONES (también nombrados como Cerindones en algunos textos) llegaron, de acuerdo con esto, hacia el siglo VIII-VII A.C., con el primer gran movimiento y se instalan en las zonas norteñas del Sistema Ibérico precedidos por los beribraces (o bebriaces en la Galia, quizás emparentados) que lo harían desde el Levante hasta el límite con la Meseta.
Procedentes al parecer de la zona belga (o Bajo Rhin), eran un pueblo eminentemente ganadero, en menor medida agrícola, con un gran conocimiento sobre la metalurgia, especialmente del bronce, pues la elaboración y el trabajo del hierro era incipiente en este momento y se desarrollaría plenamente hacia el s.IV A.C. Son notables armeros y duchos en el arte de la guerra que marcaba, como en el resto de los que luego serían denominados celtíberos, su idiosincrasia de autoprotección y defensa.
Se asentaron especialmente en lugares elevados desde donde dominaban con la vista pastos y valles. Regidos por un consejo de ancianos y una estructura de clanes familiares, estos asentamientos se sitúan a corta distancia entre sí dominando un territorio comunal. Acostumbran al rito de la incineración, depositando las cenizas del difunto en vasijas de arcilla (o urnas). Otros de sus ritos son el culto a las "cabezas cortadas" y la exposición de sus guerreros muertos a las aves. Aunque su estructura es patriarcal (consejo de ancianos, jerarquía guerrera), las mujeres desarrollan un papel fundamental, al menos, en igualdad con los hombres: reciben herencias, eligen a sus esposos, son alfareras, tejedoras, comparten las labores del ganado y, si es preciso, guerrean. En España se inscriben dentro de la llamada Cultura de los Castros sorianos, lugares parcialmente protegidos a los que se añadían defensas artificiales como murallas, y series de "piedras hincadas" que dificultaban las agresiones desde los accesos más débiles. A este tipo de construcción se la considera característica de este pueblo. Su muralla, que puede alcanzar los cuatro o cinco metros de altura, es única y está construida adaptándose al terreno con una cara interior y otra exterior de piedras más o menos regulares, rellenándose el espacio entre ellas de piedras más pequeñas y de tierra. En algunos casos se rematan con torreones y estructuras de madera. Dentro de su demarcación, pueden coincidir viviendas de tipo circular y rectangular, o casas adosadas a la muralla, o entre sí, formando espacios centrales o plazas. Están construidas a partir de un pequeño muro de unos cincuenta centímetros, sin cimentar, sobre el que se edifica una estructura de adobe y madera, para concluir en un tejado vegetal impermeable que filtra el humo de la hoguera. En estas viviendas se distinguen generalmente tres espacios, separados por tabiques de tablas o ramajes. En el centro se sitúa la estancia-cocina-dormitorio, espacio de la vida familiar, alrededor del hogar. Más allá, está la despensa donde se guardan los alimentos en grandes tinajas de barro sobre altillos. El espacio con más luz es la entrada, y en él se realizan las labores diarias, como el tejido en telares verticales o la molienda.
Su cerámica, hecha a mano, mantiene algunas reminiscencias excisas y campaniformes, lo que ha hecho pensar a algunos en la teoría del "ida y vuelta" de la cerámica peninsular en relación con la europea. Se realiza a partir de una base de arcilla a la que se le van añadiendo "cordadas" sucesivas, dándole forma y cociéndose después al aire libre entre las cenizas vegetales. Llevan distintos acabados en cuanto a su uso, como las vasijas de cocina en las que se incluyen arena y minerales para soportar los cambios bruscos de temperatura. Algún tiempo después conocerían el uso del torno. Los ejemplares son generalmente lisos y sin adornos, aunque también aparecen con incrustaciones del propio barro y, en los decorados, con estilizaciones de animales y símbolos solares, o característicos semicírculos concéntricos y espirales.
Como portadores de la cultura celta, poseían su propias deidades a las que adoraban desde lugares naturales destinados para ello, pues no se registran templos. Su mitología está inspirada en la naturaleza: el sol, la luna, el agua, árboles y animales. Estrabón nos habla de una "deidad innominada", a la que rinden culto las noches de luna llena, "danzando a las puertas de sus casas". Se identifica con la propia luna. Otras deidades están emparentadas con la cultura gala, o la irlandesa. La deidad LUG (sol, luz) sería la más importante de acuerdo a su concepción religiosa, una especie de Júpiter en los romanos (estos lo asimilaron a Mercurio). Sobre él no faltan referencias etimológicas y toponímicas en el noroeste peninsular, incluidas las ermitas de Santa Lucía. Son representativos: Cernunnos (bosque, caza, ciervo), Epona (difuntos, caballo), Ayron (profundidades, agua), Las Matres, en número de tres manteniendo la triplicidad céltica (fecundidad, tierra nutricia, agua), o animales de culto como el toro, el caballo, de mal fario como el cuervo, o sagrado como el buitre que subía al cielo el alma de los muertos en combate. Los pelendones se describen como adoradores, en especial, del dios Belenos (Belen de los galos), del que se desprendería su denominación "Belen" = belendones = pelendones. Es el culto al fuego, a las tormentas. A través de él se purifican hombres y animales. Aún pervive en el subconsciente colectivo en diferentes manifestaciones tradicionales. Boch Gimpera y Taracena coinciden en que los "Belendi", mencionados por Plinio y asentados en la región francesa de Aquitania, serían los antecedentes directos de la rama que cruzó los Pirineos Atlánticos.


lunes, 18 de abril de 2011

Presencia vikinga en el Reino de León

Una silueta baja y alargada surca velozmente las aguas cercanas a la costa norte del Reino de León. Posee una sola vela rectangular en el centro, distinguiéndose pequeñas troneras laterales para la instalación de remos, que se utilizan para navegar por los ríos o para aumentar su velocidad antes de entrar en combate. Es ligero, rápido, con un reducido calado que le permite maniobrar fácilmente en aguas poco profundas y ser transportado por tierra.
La afilada quilla facilita una suave navegación y una espléndida ceñida al viento. En su interior, alrededor de 200 hombres preparados esencialmente para la guerra, han recorrido cientos de kilómetros hacinados en un espacio reducido (30 m. de eslora por 6 de manga, aproximadamente). Tiene una cubierta simple, con dos pequeñas bajocubiertas situadas a proa y popa y el centro totalmente abierto.
En la proa de la nave, en lo alto de la quilla como era costumbre, un mascarón maravillosamente tallado: la cabeza de un dragón. Es un drakkar, un barco de guerra vikingo dispuesto para atacar cualquier punto vulnerable de la costa del Reino, desde el cabo Peñas, al este, hasta la desembocadura del río Duero, ya en el litoral Atlántico.
Como veremos, las incursiones fueron constantes durante décadas, siendo habitual, durante los siglos IX al XI, la presencia de barcos vikingos merodeando las costas hispanas. La procedencia de las naves de lo más heterogéneo: Irlanda, Normandía, Escocia, Inglaterra, pero también Noruega, Suecia o Dinamarca. Largos viajes que obligaban a los tripulantes a protegerse de las inclemencias de la navegación con una lona encerada que arropaba prácticamente la totalidad de la cubierta, resultando tediosas las largas jornadas en alta mar. Con el buen tiempo, era habitual, a pesar del escaso espacio del que disponían, la práctica de la típica lucha personal. También se adiestraban y mostraban sus habilidades en un curioso juego, consistente en ir saltando de un remo a otro por la parte exterior del barco tratando de evitar la caída al agua. Estas toscas aficiones, contrastaban con otra más relajada y muy extendida: el Hnefatafl. Un “juego de mesa” que, conociendo las actividades y costumbres de estos hombres, su práctica resulta insólita.
Su significado es “Tablero del Rey” y, aunque resultaba muy popular, formaba parte de la educación de la nobleza que tenía por mérito ser diestro en el mismo. Se han hallado múltiples tableros y piezas; algunos de estos tableros cuentan con pequeños agujeros para sujetar las fichas, que contaban con una pequeña clavija para encajar, señal indiscutible de su empleo durante las largas travesías. Como curiosidad, comentar que el Hnefatafl se distingue del ajedrez en que los competidores, atacantes y defensores, tienen fuerzas desiguales y un objetivo distinto para ganar. La colocación de las fichas también es diferente y el número de los escaques del tablero pueden llegar hasta 11 x 11.

Los vikingos llegan a España
Los primeros avistamientos de barcos vikingos se producen a mediados del s. IX, devastando distintos puntos del litoral: desde el golfo de Vizcaya a Finisterre. Los asturianos de Ramiro I consiguieron organizarse y repeler a los guerreros nórdicos, considerados más peligrosos que los musulmanes.
En el 858, bajo el reinado de Ordoño I, llegaron nuevamente oleadas de vikingos a las costas hispanas. Esta vez desembarcaron en la zona atlántica, arrasando Iria Flavia y asediando Compostela, cuyos habitantes se vieron obligados a pagar un fuerte tributo para salvar la vida. Finalmente fueron empujados a la costa y obligados a reembarcar.
Una tercera oleada vikinga, posiblemente la de mayor importancia, tuvo lugar durante el reinado de Ramiro III (966 al 985). La fuerza vikinga avanzó a sangre y fuego hasta el interior, llegando incluso a las inmediaciones de León. Con esfuerzo, se llegó a reunir un potente ejército que, al mando del conde Gonzalo Sánchez y el obispo San Rosendo, obligó a retirarse a los vikingos hasta la costa donde se encontraba su flota. El ejército leonés logró darles alcance, derrotarles, recuperar el importante botín y quemar sus naves.
Las “visitas” esporádicas de piratas nórdicos se sucedieron. En 1028 tras la subida al trono del rey leonés Bermudo III y la grave inestabilidad política del territorio gallego, una importante fuerza vikinga penetró por la ría de Arosa comandada por un jefe danés llamado Ulf (Lobo), que saqueó y devastó los territorios costeros, para penetrar más tarde hasta el corazón del reino leonés. Cuatro años después, en el 1032, el vikingo todavía se encontraba en el interior del territorio apoyando como mercenario a un rebelde gallego, Rodrigo Romariz, que se alza en armas contra Bermudo III. El obispo de Compostela, Cresconio, le hace frente en nombre del rey, les derrota y les obliga a reembarcar en el 1038, siendo ya rey de León Fernando I.
La constante presencia vikinga en las costas influyó considerablemente en la sociedad y cultura leonesa del momento, sobre todo en esos 10 años en los que Ulf y sus tropas danesas permanecieron en territorio leonés. Esta influencia vikinga queda reflejada en una de las imágenes espléndidas del Antifonario Mozárabe de la Catedral de León, en el que un guerrero empuña una espada de pomo lobulado y ranura longitudinal o abatanador, pero también en otras existentes que se aprecian en el Beato de San Miguel de Escalada, que guardan un parecido substancial con las espadas vikingas que se conservan en distintos museos europeos.
Según cuenta el propio historiador Eduardo Morales Romero, en 1990 vino a España acompañado de dos colegas del Museo de los Barcos Vikingos de Roskilde (Dinamarca), Jan Skamby y Keld Hansen, con el fin de encontrar antecedentes o muestras del pasado vikingo en nuestro país. Tuvo noticias de la existencia de un báculo existente en el Museo de la Catedral de Santa María de León, fechado en la segunda mitad del s. IX y realizado, según se apuntaba, en hueso o diente de morsa. Dicha pieza se había hallado en el interior del sarcófago del obispo San Pelayo (s. IX) y se creía que tenía origen escandinavo.
Las investigaciones de Morales y sus colegas daneses resultaron decepcionantes para sus pretensiones. El báculo resultó estar realizado en madera y, aunque reconocen que su decoración tiene cierto aire nórdico, comprobaron que no muestra ninguna ascendencia escandinava, excluyendo por completo cualquier intervención vikinga en su elaboración.
Después de la visita al Museo catedralicio, acudieron al Museo de la Basílica de San Isidoro. Allí, como venían haciendo rutinariamente en otros centros, se interesaron por la existencia de alguna pieza de origen nórdico. La sorpresa fue enorme cuando les indicaron que, expuesto en el propio Museo de la Basílica, existía un pequeño ídolo de marfil con las características que señalaban.
Según relata textualmente Eduardo Morales, cuando contemplaron dentro de su vitrina la pieza en cuestión, quedaron hipnotizados. Sin duda alguna, se trataba de una obra de excepcional calidad artística del “periodo vikingo” que, hasta el momento, había pasado desapercibida.
El ídolo resultó ser una cajita cilíndrica excelentemente conservada, calada, con un acusado saliente en uno de sus extremos y fabricada en asta de reno, no en marfil como se creía. Mide 44 mm. de altura y 33 de diámetro y posee dos placas de metal que cierran los extremos: una fija y circular, la otra ovalada y con una bisagra que le permite abrir y cerrar, aunque las perforaciones existentes indican que en su día también estuvo fija. Las placas metálicas son también caladas y con parecida decoración al cuerpo de la caja, pero de menor calidad artística. El motivo decorativo lo forman varios animales que se entrelazan cubriendo la integridad de la superficie tubular. El borde saliente representa el animal principal, posiblemente la cabeza de un ave, que vuelve la cabeza hacia atrás en un giro de 180º. La cajita del Museo de San Isidoro de León es una pieza única y excepcional, con unas características muy especiales y sin equivalentes conocidos. Es, además, uno de los pocos objetos vikingos conservados en un museo durante siglos, ya que la mayoría de los existentes proceden de hallazgos o excavaciones arqueológicas contemporáneas. En definitiva, una obra maestra del arte vikingo de la segunda mitad del s. X, y la única muestra representativa del arte nórdico que se encuentra en España.
D. Antonio Viñayo, abad emérito de San Isidoro, cuenta que, tras el examen del pequeño estuche por parte de Morales, Hansen y Skamby, entre los dos expertos daneses se barajó la idea de que podría tratarse de una de las fichas de Hnefatafl. Esta afirmación no parece una solución descabellada. Se han descubierto piezas de juego vikingas realizadas en diversos materiales: cristal, ámbar, hueso o cornamenta, y la cajita de San Isidoro tiene el tamaño perfecto para encajar en los escaques de un tablero. Hay que tener en cuenta también que, en un principio, la pieza en cuestión estaba herméticamente cerrada, siendo posterior su utilización como recipiente para guardar o conservar algún pequeño objeto, una vez desmontada la tapa y añadida la bisagra.
¿Cómo llegó esta sorprendente muestra del arte vikingo a la Basílica de San Isidoro de León? Realmente no se conoce. A pesar de que la cajita no se encuentra en la lista de la donación que realizaron a la Colegiata los reyes Fernando I y Doña Sancha, Antonio Viñayo supone que formaría igualmente parte del lote de las joyas entregadas por el matrimonio regio, llegándose solo a reseñar en el inventario las más importantes y valiosas.
No se debe descartar que la cajita llegase a la Colegiata como receptáculo de una pequeña reliquia procedente de cualquier punto geográfico con importantes asentamientos vikingos: Inglaterra, Irlanda, Noruega, etc. Sin embargo, creemos que la ausencia de cualquier simbolismo cristiano en su factura y la posterior inclusión de la bisagra, implica que tuvo una utilidad anterior distinta. Morales se inclina por dos opciones: la posibilidad de contener una sustancia olorosa o ser portadora de un amuleto, posiblemente el apreciado ámbar.
Estas dos propuestas, más la referida que anotaron los dos expertos daneses, relacionándola con su posible utilización como una bella pieza del Hnefatafl, son las opciones más fiables sobre su origen. Sea como fuere, su llegada a la corte leonesa es, seguramente, consecuencia de un botín arrebatado a las tropas nórdicas en alguna de las múltiples refriegas ocurridas durante el s. XI, momento en el que la costa hispana era objetivo permanente de los ataques y saqueos vikingos, que suponen importantes enfrentamientos con las tropas leonesas.
En cuanto a los posibles asentamientos nórdicos en territorios hispanos, resulta sorprendente que el único vestigio toponímico vikingo en España, después de las múltiples incursiones por toda la costa, se encuentre en el interior, muy alejado de la zona literal y al sur de la capital leonesa. Es el caso de la localidad de Lordemanos (“hombres del norte”), aldea que aparece ya documentada en el 1117 y que tiene el privilegio de ser el único asentamiento vikingo reconocido en la Península.
Estas escasas, pero únicas y valiosas, muestras de la llegada y estancia de los piratas nórdicos, hacen de León referencia obligada de su presencia y arte en España, protagonizada principalmente por la “Cajita de la Basílica de San Isidoro de León”, desconocida hasta hace unos años y ahora ocupando un puesto relevante dentro del Arte Vikingo.
Extraido de Fonsado

jueves, 14 de abril de 2011

Los celtas en la peninsula Iberica

Los Celtas de la Península Ibérica es para mí uno de los temas más interesantes de la protohistoria peninsular, ya que es una etapa clave para entender procesos posteriores que se dan en Hispania, como además, forma parte de un movimiento cultural que afecta a gran parte de Europa.
Este tema atrajo ya a los estudiosos internacionales como Joqueville, que se dedicó al terreno de la lingüística, y Schulten, que estudió lo histórico. En 1920 fue Bosh Gimpera quien relacionó los estudios anteriores con los Campos de Urnas de Cataluña e inició las teorías “invasionistas” tradicionales, teorías que integraban la cultura material, la lingüística y las fuentes históricas. Estas teorías se han mantenido hasta la actualidad, a pesar de la dificultades que entrañan, sobretodo por la reciente investigación arqueológica.
Por este motivo algunos arqueólogos, como Almagro y otros, al no poder documentar dichas invasiones, prefieren hablar de una única “invasión”, mucho más compleja e indiferenciada, frente a la tradición lingüista que lidera Tovar de varias invasiones, en concreto dos, pero a las cuales no pueden atribuirles una fecha o incluso, unas vías de llegada. Recientes estudios desde nuevas perspectivas, tratan de explicar el origen, la evolución y personalidad de los Celtas, valorando sus aspectos comunes y peculiares.

¿Qué es Celta?:
Primera pregunta ¿desde cuándo se puede hablar de Celtas en la Península? Según las fuentes documentales más antiguas, la “Ora Marítima” de Avieno, y Heródoto, ya se encontraban en el s. VI a.C., como algunos antropónimos en las Estelas del Suroeste parecen confirmar. Para la Península Ibérica surge otro problema: el significado y diferenciación entre Celtas y Celtíberos. Bien, Celtas, Keltoi en griego y Celtici en latín, cuyo uso más antiguo seguramente fue el de distinguir a los pueblos célticos de los que no lo eran, mientras que Celtíbero, Celtiberi tanto para romanos como helenos, parece diferenciar a los celtas hispanos, siendo un término restrictivo, y refiriéndose sólo a los que poblaban las tierras altas entre el Sistema Ibérico y la Meseta, los cuales se enfrentaron a Roma más crudamente. La clave se esconde en la identificación y diferenciación arqueológica de los pueblos célticos para así, poder encontrar su origen, su evolución y su personalidad propia.

Origenes
La Península Ibérica sufrió un doble proceso de influencia durante el I milenio a.C., por un lado un influjo mediterráneo, mientras que por otro, un proceso de Celtización afectó a las zonas central y occidental principalmente. La cultura de los “Campos de Urnas”, que se había identificado con los Celtas hasta ahora, se ha delimitado en el noroeste, por lo tanto, las tesis “invasionistas” se encuentran con la dificultad de que esta zona no coincide con el área geográfica y lingüística de los Celtas, además de que fueron sociedades que hablarían el ibérico, como parece indicar la epigrafía y las referencias históricas.
Según la investigación actual, a partir de la Edad del Bronce, el interior de la Península vive en la llamada Cultura de Cogotas I, de economía mixta agrícola-ganadera de ovicápridos y trashumancia local, que desde el II milenio a.C. ha estado absorbiendo influencias del Bronce Atlántico. Hacia el s. IX a. C. aparecen materiales del mundo tartésico, como fíbulas de codo, espadas, cerámicas de decoraciones geométricas y otras influencias, más leves, de “Campos de Urnas” como consecuencia de zonas fronterizas. Este sustrato puede relacionarse con elementos lingüísticos indoeuropeos, los llamados pre o protoceltas, que se conservan en el algunos topónimos, etnónimos y antropónimos como la P inicial que conserva el Lusitano, lengua diferente de la celtibérica, lengua posterior, o elementos ideológicos, como el rito de exponer los cadáveres de los guerreros a los buitres entre celtíberos y vacceos, tradición anterior al rito de incineración de “Campos de Urnas”, como se puede ver en algunas cerámicas numantinas y como indicaron Sílico Itálico y Eliano. Este sustrato también se puede observar el mantenimiento de cultos fisiolátricos relacionados con peñas, como los santuarios de Ulaca, Cabeço das Fraguas, Lamas de Moledo..., con las aguas como evidencian las ofrendas de armas del Bronce Final, con bosques sacros que se observa en los topónimos que mantienen Nemeto-, o divinidades muy arcaicas sin forma humana que se inician con Bandu-, Navia- o Reve- que son un componente no indoeuropeo.
Este sustrato protocéltico se mantuvo en el occidente y norte, pero también aparece entre pueblos del interior, como Carpetanos, Vacceos y Vettones, Lusitanos y Galaicos en el occidente, y probablemente como Satures, cántabros, Berones, Turmogos y Pelendoses. Sustrato que sería fragmentado y absorbido por la expansión de la cultura celtibérica a partir del s. VI a.C. hipótesis que permite explicar el parecido cultural, lingüístico e ideológico entre todas las poblaciones célticas peninsulares, y que también sirve para diferenciar a los celtas de los celtíberos.
Las explicaciones son dos. Una, la “invasionista” tradicional, que supone la llegada de grupos humanos que traen consigo la cultura la formada, la cual ha sido imposible documentar por no saber cual es su lugar de origen, y sobretodo, las vías de llegada. La otra, que sin excluir movimientos de gentes, sobretodo de élites guerreras, supone una formación compleja por aculturación y evolución que le da al origen de los Celtas diversos componentes.

Influencias y “Celtización”:
Los poblados fortificados, y los posteriores Oppida explican la jerarquización del territorio que surge en relación a la trashumancia estacional del ganado, para evitar la sequía estival de la Meseta (fenómeno conocido como agostamiento), como la dureza invernal de las sierras. Este tipo de economía produciría una sociedad jerarquizada, a cuya cabeza estaría la clase guerrera, como parecen indicar, además, las fuentes históricas.
El rito de incineración en urna, puede explicarse a través de influjos de “Campos de Urnas”, como ocurre en los Celtíberos o Vettones. La construcción de túmulos como Pajaroncillo, o las estelas alineadas pueden deberse a diferencias étnicas, cronológicas y sociales. Las fíbulas, los adornos, las espadas de antenas, documentan el uso del hierro desde sus primeras fases de introducción desde el mundo colonial (fenicios y griegos), evidenciando influencias multidireccionales, tanto mediterráneas como traspirenaicas, lo que no permite pensar en una única vía de llegada ni un origen común. Deben considerarse como objetos de prestigio de las élites guerreras, cuyo gran desarrollo se vería favorecido por intercambios con el mundo colonial mediterráneo, como por la organización pastoril y guerrera del interior. Así se comprende que la cantidad de estos objetos en los ajuares sea minoritaria y que existan variantes locales, dada su difusión por intercambio y la imitación artesanal local.
Esta organización jerarquizada y guerrera, unida a la introducción del hierro, producto abundante y desarrollado rápidamente, explica la formación de las característica de la Cultura Celtibérica y su tendencia a la expansión que se tradujo en un proceso de “Celtización”de otras poblaciones, y chocó con los romanos. El proceso de “Celtización” explica la aparición de elementos arqueológicos, lingüísticos, socioeconómicos comunes y atribuibles a los Celtíberos: como armas celtibéricas en las necrópolis, fíbulas de caballito, topónimos en –briga, antropónimos y topónimos en Seg-; antropónimos “celtius” o en "ambatus", organizaciones suprafamiliares que se reflejan en los genitivos en plural, pactos de hospitalidad, incluso un elemento religiosos común, como Lug.
Esto indica la existencia de una zona nuclear en la tierras altas del Sistema Ibérico y de la Meseta Oriental, la Celtiberia, desde donde la parece haberse extendido la celtización a tierras más Occidentales, muy permeable por tratarse de una zona de medioambiente pastoril y el substrato sociocultural. Este proceso es posterior a la formación de las necrópolis celtibéricas a partir del s. VII a. C., por ejemplo, la cultura vettona de Las Cogotas se “celtiza” a partir del s. V a. C., apareciendo más tarde en Extremadura, sur de Portugal y de la Bética, así como del Alto Valle del Ebro y Noroeste.
Se trata de un proceso intermitente y sólo se interrumpiría con la llegada de Roma. Esta expansión la documenta Plinio (3, 13) al decir que los celtici de la Bética procedían de los Celtíberos de Lusitania. Del mismo modo el antropónimo Celtius en Lusitania se explicaría como apelativo étnico en áreas no célticas originariamente del Occidente. Esta “celtización” tardía se confirma por los topónimos formados con –briga ya en época romana: Iuliobriga, Augustóbriga...
Para poder comprender a los Celtas de la Península Ibérica hay que tener en cuenta que fueron permeables a los influencias de sus vecinos, sobretodo en la cultura material. El contacto con los íberos supuso la asimilación de elementos mediterráneos, que se refleja en el concepto de Celtíbero y su diferenciación material con otras culturas célticas, aunque mantuviera lengua y organización socio-ideológica de las élites guerreras. Estas élites “celtizadas” fueron generalizándose en el Occidente, apareciendo pueblos como los Vettones, Lusitanos, Astures y Galaicos, e incluso puso haber llegado a los íberos, ya que los relieves de Osuna y Liria llevan armas de tipo céltico. El mercenariado provocaría movimientos de gentes, lo que bien pudo determinar el control de alguna ciudad por élites célticas, y esta presencia pueda explicar la presencia de fíbulas de La Tené en Sierra Morena.
Este proceso no sería puntual, sino largo e intermitente en el tiempo con un efecto de "celtización" paulatina, es decir, diferenciado por áreas y momentos, lo que nos da un cuadro complejo que permite comprender la falta de uniformidad de la celtización de la Península Ibérica.

Almagro-Gorbea, M. (1991): Los Celtas en la Península Ibérica. En García Castro, J. A. Los Celtas en la Península Ibérica. Revista de Arqueología, número monográfico. Páginas: 12-17.

Almagro-Gorbea, M. (1993): Los Celtas en la Península Ibérica: origen y personalidad cultural. En Almagro-Gorbea, M. y Ruiz Zapatero, G (Eds.): Los Celtas: Hispania y Europa. Editorial Actas. Madrid. Páginas: 121-173.

lunes, 11 de abril de 2011

Fundacion Rueda Solar

¿Por qué ya casi no hay ni poetas ni guerreros?

La poesía y la guerra nacieron juntas. Cuando el hombre tantea la muerte, siente indefectiblemente la necesidad de vincularse a algo más elevado que él mismo, superándola. Los pueblos indoeuropeos nos han dejado extensos testimonios de ese intento. El Bhagavad Gita, la Ilíada, las Sagas, el Ciclo del Grial, los Cantares de Gesta. Todo forma parte de un intento de superación de la muerte mediante símbolos estéticos, que son también símbolos sagrados.
En el instante extremo del combate es muy poco lo que puede considerarse esencial. Los antepasados y los dioses se convierten entonces en parte del guerrero. Viven ya en un mismo mundo, definitivamente, aunque el guerrero se mantenga todavía con vida. Por eso van juntas la poesía y la guerra, porque los valores del último instante son de algún modo absolutos, y porque la muerte material debe ser superada por un alma inmortal que se lo ha ganado en la batalla.
No hay nada más poético que la muerte de un guerrero. Esa muerte implica un cambio en el universo mismo, en la sucesión de la sangre, en la comunidad que lo ha engendrado y seguramente también en los mundos invisibles donde viven los guerreros que lo han precedido.
No hay guerra sin poesía. La muerte convierte al caído, ipso facto, en un superhombre. No importa que un poeta no cante esa muerte en particular. Podría decirse que no hay muertes particulares cuando se ha ingresado como ciudadano en esa república aristocrática de la muerte con honor.
Existe, sin duda, una gloria común a todos los leales. Y dos veces benditos son los que además de pelear sinceramente, lo hacen por una causa justa. Los sinceramente equivocados tendrán también su paraíso, pero los sinceros de justas causas se elevarán sin duda a la categoría de semidioses.
En la entrega de la sangre está seguramente la estética absoluta de un espíritu poético, porque la sensibilidad del poeta y del guerrero son similares. Sólo es diferente su forma de atravesar la realidad, en un viaje hacia una realidad superior y pura, luminosa y fatal. Sobrehumana, en el sentido nietzscheano.
A medida que la edad oscura avanza, resulta más extraño encontrar una expresión o una acción heroica. Ya casi no hay poetas ni guerreros. Se han convertido en parte de una realidad extemporánea. Los hombres de esta época se mueren de forma intrascendente.
La degradación torna difícil la poesía, que desaparece como va desapareciendo la guerra en el sentido antiguo. Muy pocos hombres comprenden hoy el sentido primordial y sagrado de la poesía y de la guerra.
Algún día, pasados milenios de milenios, ese sentido sacro de las cosas volverá, para expresarse nuevamente en su real dimensión. Mientras tanto, siempre hay un pequeño espacio y un breve instante donde la estética y el pensamiento atraviesan la oscuridad. Es un punto a veces mínimo, pero a través de él podemos atravesar la eternidad, como nuestras abuelas enhebraban el hilo de coser en una aguja.
Juan Pablo Vitali

domingo, 10 de abril de 2011

Capitulo 2 de Ermisenda

Nos hacemos eco de la propuesta de uno de nuestros lectores, quien nos propuso la posibilidad de que incluyéramos un link a la serie de Ermisenda de Carcasona de TV3. Bien, continuación dejamos un trailer de la serie, y un link donde los interesados podrán acceder a todo tipo de información, así como a los capítulos ya emitidos en televisión. Lamentablemente, para los no catalanes, la serie es emitida en la lengua del viejo condado. Aun así con un poco de atención es fácil comprender los diálogos. Quizás con un poco de suerte, la serie sea traducida al castellano, para que los demás españoles podamos verla y conocer mas acerca de nuestra historia.

http://www.tv3.cat/ermessenda/videos

sábado, 9 de abril de 2011

Ciutadilla 2011