martes, 30 de noviembre de 2010

Alejandro Magno llega al Centro Arte Canal

Alejandro Magno se prepara para la conquista del Centro Arte Canal. La exposición ‘Alejandro Magno. El encuentro con Oriente” estará presente en Canal desde el 3 de diciembre hasta el 3 de mayo de 2011.
Más de 300 piezas, procedentes de los museos más prestigiosos del mundo, explican las hazañas de unos de los líderes militares más importantes de la historia.
La muestra ha sido organiza por la Comunidad de Madrid y el Canal de Isabel II, en colaboración con la Fundación Curt-Engelhorn para los Museos Reiss-Engelhorn y el Instituto Arqueológico alemán. Las piezas que conforman la exposición procederán de más de 30 museos europeos y asiáticos, como los de Atenas, Basilea, Berlín, Bruselas, Dresde, Copenhague, Lisboa, Londres, Moscú, Múnich, Nápoles, París, Roma, Sofía, Tesalónica, Stuttgart y Viena.
Patrimonio Nacional, la Real Academia de la Historia o los museos del Prado, Arqueológico Nacional y de Sevilla también participan en esta exposición con piezas del patrimonio histórico español.
La exposición se ha organizado en diez ambientes encadenados que sugieren al visitante un viaje mágico por un fascinante pasado histórico hasta las alejadas e inmensas tierras del Asia central y de la India.
Piezas destacadas
Ladrillos esmaltados de la Puerta de los Leones de Babilonia (Museo de Berlín); diversos retratos de Alejandro (copias romanas o en monedas); tesoros de la necrópolis real de Macedonia; delicadas placas de marfil tallado de Afganistán, que ilustran el refinamiento de los reinos surgidos tras el paso de Alejandro Magno por aquellas remotas tierras; o las primeras figuras de Buda del arte hindú surgido como reflejo del arte helenístico.

MALEMORT 2010.Francia siglo XI

lunes, 29 de noviembre de 2010

Rueda Solar

jueves, 25 de noviembre de 2010

Diego Porcelos y su politica en el condado de Castilla

Diego Rodríguez, más conocido como Diego Rodríguez Porcelos o Diego Porcelos, fue conde de Castilla (873 - c.885), tras la muerte de su padre, Rodrigo. La muerte del primer conde de Castilla, Rodrigo, ocurrió el 4-X-873, heredando el condado su hijo Diego. Éste va a ser el primer caso en el que el título de conde va a ser hereditario en el reino de Asturias. Quizás se deba a la deuda que Alfonso III el Magno había contraído con su padre cuando éste le ayudó a recuperar el trono asturiano.
El periodo de gobierno de Diego Rodríguez está marcado por tres acontecimientos:

Definitivo afianzamiento de la frontera en el valle del Ebro, en colaboración con un nuevo magnate, el conde de Álava, Vela Jiménez.

Creación de una nueva línea defensiva más al sur, siguiendo el curso del río Arlanzón.

Restauración de la antigua sede episcopal de Oca.

Parece evidente que hizo frente a un gran ejército árabe y logró afianzar la frontera en el valle del Ebro desde su base de Pancorvo, creando también posteriormente una línea defensiva en el río Arlanzón. No debemos olvidar que el siglo anterior se inició la Reconquista, con la batalla de Covadonga, en el año 722, y que a partir de entonces, los reyes, primero en Oviedo, y luego en León, confiaban la defensa de las zonas fronterizas a condes y magnates. Es el caso de Diego Porcelos que continuó la labor de su padre Rodrigo por los valles de las actuales merindades, el nacimiento del Ebro y parte de las montañas de Palencia. El valle del Ebro riojano había sido la entrada natural de la mayor parte de los avances musulmanes contra Álava y Castilla y estaba jalonado de fortalezas como Pancorvo, Cellorigo, Cerezo de Río Tirón, Ibrillos y Grañón, que formaban una línea defensiva entre los Obarenes y la Sierra de la Demanda. Detrás de esta línea de castillos se desarrolló una colonización muy activa en las orillas del Tirón y en las estribaciones de los Montes de Oca. Remontando el Ebro los árabes se dirigieron primero contra Cellorigo, defendida por Vela Jiménez, que resistió el ataque; después avanzaron sobre Pancorvo, defendida por Diego Rodríguez, que también resistió. Viendo que la entrada por los Montes Obarenes era imposible, se dirigen hacia una zona recién ocupada por los castellanos: las nuevas fortalezas a orillas del Arlanzón, que aún no estaban suficientemente organizadas.
Oca es la antigua Auca Patricia, sede episcopal ya en época visigoda. El conde restaura la sede episcopal y además, ésta se ve favorecida por numerosas donaciones del conde; parece que esta actitud se deba a que en los dominios del obispado de Valpuesta no se veía reconocida su autoridad. Es posible que en esta zona de Oca siempre hubieran quedado poblaciones y fortificaciones aunque no organizadas por el reino asturiano. Sin embargo es ahora cuando empieza a ser parte del reino asturiano gracias a la labor del conde Diego Rodríguez. La repoblación definitiva parece que se hizo entre los años 873 y 880, según tres documentos confirmados por el conde Diego y el rey Alfonso. En esta ciudad de Oca reconstruyó el monasterio y la iglesia de San Félix y Santa María, disponiendo allí su enterramiento. Hay quien afirma que bajo su patrocinio se construyó también el monasterio de San Pedro de Cardeña, lo cual, resulta de todo modo imposible si esta gran abadía se fundó en el 899.
También fue el repoblador de Ubierna y Burgos entre los años 882 y 884, bajo mandato de Alfonso III. Así lo indican los Anales Castellanos Primeros:
“In era DCCCCXX · populavit Didacus commes Burgus et Auvirna, pro iussionem domno Adefonso. Regnavit Adefonsus rex annos XVI et migravit a secculo in mense decembris· et suscepit ipso regno filio eius Garsea.”
En la era 920 (año 882) el conde Diego pobló Burgos y Ubierna por mandato del señor Alfonso. El rey Alfonso reinó 16 años, falleció en el mes de diciembre y le sucedió en el reino su hijo García.
También lo confirman los Anales Castellanos Segundos:
“Sub era DCCCCXX populavit Didacus comes Burgus et Oiurna.”
Bajo la era 920 (año 882) el conde Diego pobló Burgos y Ubierna.
Diego Rodríguez Porcelos fundó Burgos al amparo del cerro del actual castillo. Años más tarde se construyó una muralla alrededor de la ciudad para defenderla. Para entrar en la ciudad había en la muralla varias puertas importantes, de las cuales quedan restos de cinco.
Por el Occidente el conde Diego recuperó la zona entre el páramo y la orilla del Pisuerga, y parece muy probable que Diego Rodríguez, señor de Amaya, fuera también el fundador de una nueva villa cercana a Castrogeriz, Villadiego (880), villa a la que dio su nombre, según aparece en los documentos desde comienzos del siglo X, algunos años antes de que él mismo emprendiera la gran obra de la fundación o repoblación de Burgos por mandato del Rey Alfonso III el Magno.
No llegó a tener el gobierno sobre el condado de Álava, en manos de Vela Jiménez, gobierno que sí ostentó anteriormente su padre.
El final del conde Diego, a quien apodaron “Porcelos” sin conocer muy bien por qué (¿“Porcelo se deriva de porco”?, resulta un tanto oscuro. Las crónicas no se ponen de acuerdo en la fecha y el lugar de su muerte. Parece que la fecha más probable es el 885. Unas crónicas sitúan su muerte en la localidad burgalesa de Cornudilla, aunque otras dicen que su cuerpo se encuentra enterrado en las ruinas de la ermita de San Felices de Oca (actual Villafranca Montes de Oca), lugar que como hemos indicado anteriormente, él dispuso para su enterramiento. De todas las maneras, ambas noticias no son contradictorias, ya que es perfectamente posible que el conde muriera en un lugar y esté enterrado en otro diferente.
Casi nada es seguro al hablar del período de gobierno de Diego Rodríguez, y mucho menos al estudiar cuándo y cómo acabó su vida. La Crónica Najerense sitúa la muerte del Diego en el año 875, fecha inadmisible pues repobló más tarde Burgos y Ubierna. Sería más razonable suponer la equivocación de una cifra en la fecha y situarla en el 885, ya que a partir de entonces ya no existe ninguna referencia al conde Diego.
Por otra parte, esa misma crónica al hablar de su muerte utiliza el término “occisus”, que indica que murió con violencia, o sea, ejecutado o asesinado. Precisamente en el 885 se produjo la rebelión contra Alfonso III del conde Hermenegildo Pérez, hijo de Pedro Theón. Tanto Pedro Theón como Rodrigo fueron hombres de la mayor confianza para el rey y por esos sus hijos continuaron siendo condes. Luego puede ser probable que Diego apoyara esta revuelta y corriera la misma suerte que los demás nobles: Hermenegildo Pérez, Hanno... y fuera ejecutado. Esto está en consonancia con el hecho de que, a pesar de su importante tarea en el condado, Porcelos se vio enemistado con el rey Alfonso III, quién retiró su apoyo a la familia de Diego tras su muerte en el 885, de manera que sus sucesores no volvieron a aparecer en la documentación medieval ostentando ningún título en Castilla.
También nos dice la Crónica Najerense que fue enterrado en Cornuta (Cornudilla, Burgos), aunque, como indicamos más arriba, otros dicen que lo fue en la iglesia de San Felices de Oca.
Un testimonio oral, de que el conde estuvo enterrado en Cornudilla, es el de la abuela materna de quien ha recopilado estos datos de su vida, Valentina de Miguel Velasco, que murió el año 1959. La casa de mi abuela, que aún existe, estaba y está situada detrás de la Iglesia del pueblo, y desde sus ventanas se puede contemplar el antiguo cementerio que en otros tiempos estaba en la parte trasera de la iglesia. Me cuentan mis hermanas mayores que en alguna ocasión la abuela, desde la ventana de la cocina les señalaba el lugar donde había estado o estaba enterrado Diego Porcelos.
En un artículo publicado en Internet por el Patronato de Turismo de Burgos, leemos en relación con la muerte de Porcelos, al describir los pueblos de la Bureba: “…Cornudilla suena con voz fúnebre en los Anales castellanos: En el año 885 fue muerto en Cornudilla el conde Diego Porcelos. Con este laconismo desaparece de la historia el fundador de la ciudad de Burgos”.
Este “laconismo” y este misterio con el que se silencia la muerte de un personaje de tal importancia, se presta, al menos, a múltiples interpretaciones y sospechas, sobre cuáles pudieran ser las verdaderas causas del asesinato de Porcelos. ¿Murió el conde en el fragor de la batalla o tal vez fue asesinado por causas muy diferentes al enfrentamiento bélico contra los musulmanes? ¿Por qué no se habla nada de las circunstancias que rodearon su muerte? ¿Quizás el poder influyente de la familia actuó para que se silenciaran los verdaderos motivos de la muerte del conde, porque no favorecían a su anterior trayectoria política? No faltan quienes, con cierta lógica, y entre los cuales me encuentro, vean en este silencio un imperativo del poder que la familia poseía, para ocultar que Diego Porcelos fue asesinado como venganza de todo un pueblo, por sus frecuentes desmanes y abusos sexuales en los lugares por donde pasaba, entre los que se encuentra la villa de Cornudilla.
Acaba con Diego Porcedlos la historia del condado de Castilla gobernado por un único conde. A partir de ahora serán varios los personajes con título condal que van a aparecer en tierras de Castilla.
Se conserva un monumento ecuestre en memoria del fundador de la ciudad de Burgos en la Plaza de San Juan de esta capital; el autor de la misma es Juan de Ávalos. Está construido en bronce y se inauguró en 1983.
Otra estatua que honra la memoria del conde es la que figura en el Arco de Santa María (s. XVI) de la misma ciudad, obra de Francisco de Colonia (1535). Ocupa el centro del cuerpo inferior, acompañado por los jueces de Castilla, Nuño Rasura, a la izquierda, y Laín Calvo, a la derecha.
Después de su muerte, el Condado de Castilla se divide en varios condados entre 885 y 931, fecha en la que toma el control de todos los condados el conde Fernán González.
DE LA CRUZ, FRAY VALENTÍN: Burgos: Capitanes Insignes. Caja de Ahorros Municipal. 1981.
PÉREZ DE URBEL, J.: El condado de Castilla. Los trescientos años en que se hizo Castilla, Madrid, 1969.
SUÁREZ FERNÁNDEZ, L.: Historia de España en la Edad Media, Madrid, 1978.
SÁNCHEZ ALBORNOZ, C.: Orígenes de la nación española. El reino Astur, Instituto de Estudios Asturianos, 1964


miércoles, 24 de noviembre de 2010

Viking Reykiavik 2011

martes, 23 de noviembre de 2010

Oblężenie Malborka 2009

Vikingos en Aragón. Cuando el Ebro era navegable

Los daneses, en aquellos tiempos, eran un pueblo de navegantes, más bien piratas que, al mando de los vikings o reyes del mar, se dirigían a asaltar las costas y apoderarse de botín.
Aunque en un principio sus correrias tenían un alcance limitado, se fueron extendiendo llegando hasta las profundidades de Rusia y el mediterraneo.
De su presencia en Aragón hay pocas citas ya que nunca ocuparon ningún lugar ni siquiera temporalmente, y sus ciudades bien amuralladas eran una difícil presa.
Pero hay algunas citas que son de Interes:

"Descendieron por el litoral Atlántico y quemaron la mezquita de Algeciras, pasando luego al África y las Baleares, de donde, por la ruta fluvial del Ebro, llegaron hasta Pamplona y, descendiendo de nuevo, saquearon las costas de Cataluña ..."
Lecciones de Historia medieval.
Manuel Riu. Editorial Teide. Barcelona, 1978

Más curioso es el relato hecho por Abenalatir, En-Nouari y Abenjaldún acerca de una invasión de normandos que penetraron hasta Pamplona, haciendo prisionero al jefe franco García, que tuvo que rescatarse por 70.000 (Abenjaldún) ó 90.000 dinares (Abenadari). Este hecho tenía lugar el año 859.
Historia de España y su influencia en la Historia Universal
D.Antonio Ballesteros y Beretta. Casa Editorial P. Salvat, 1920

Lo que si da idea de de la relatividad de las fronteras en estos tiempos, es que en medio de una guerra entre musulmanes y cristianos con ejercitos activos y vigilantes, unos aventureros pudieran entran 600 kilometros en barco tierra adentro, tomar botín y volver a salir sin mayores problemas.
También es de destacar que tanto el Ebro, como el río Aragón fueran una ruta de comunicación conocida hasta en lejanas tierras, como sucedia desde tiempos de los romanos.

lunes, 22 de noviembre de 2010

domingo, 21 de noviembre de 2010

El caballero del sol - De la batalla que hubo el Caballero del Sol con los Caballeros de la Torre

No estaban el Caballero del Sol y su compaña dos tiros de piedra de la torre, cuando pudieron ver dos caballeros armados de todas armas que, saliendo de la morada a mucha priesa, sobre dos caballos cabalgan, y siendo conocidos por el escudero del herido caballero, en altavoz dijo: ¡Válame el alto Dios! Estos son los matadores de mi señor y robadores de nuestros caballos. ¡Oh Caballero del Sol, cuánto valdría aquí vuestro esfuerço, porque, vengando a mi señor, quitarías dos robadores de esta floresta! No les temas, que traidores son. Guárdate de ellos. Uno acomete y el otro hiere; el uno huye y el otro sigue. La razón está de nuestra parte. Dios te dé victoria.
Estas palabras no eran bien acabadas cuando, llegando los dos Caballeros de la Torre, el más anciano con una soberbia voz dio principio a tales palabras:
-Caballero de las Lunetas , ¿por ventura tráenos esos dos caballos por pensar de con ellos rescatar los que tomamos a ese caballero? Mal pensamiento traes. A ti, ni a él, ni a vuestros escuderos no queremos, pero danos esos caballos y esas tus armas, que ricas y buenas me parecen, y dejaros hemos a todos ir en paz. En otra manera, si emprender quieres batalla, pagando con la vida tu atrevimiento, así como así dejarás el despojo del campo.
-¡Oh, soberbio y sin razón caballero!, dijo el Caballero del Sol, ¿tomaste tú por ventura la orden de caballería para mantener robo o para matar [a] los robadores, para mantener a cada uno su derecho o para tomar a cada uno a tuerto su hacienda, para defender justicia y razón o para hacer sin justicia y hacer sin razón? Gran villanía cometiste maltratar un caballero por robarle un caballo, y sobre esta razón no te aguardo más palabras, sino conmigo ven a la batalla.
Con estas palabras embravecido, el Caballero de la Torre andaba por el campo braveando y, tomando de él lo que le pareció, contra el Caballero del Sol endereça, dejándose venir el uno contra el otro al más correr de los caballos, las lanças bajas, se encontraron en medio de aquel campo. Pero como los Caballeros de la Torre el uno viniese tras el otro, recibiendo el Caballero del Sol el encuentro del primero en soslayo del escudo, levantó su lança e hiriendo de ella al segundo, que más descuidado venía en descubierto del escudo, falsándole el arnés y loriga con un troço de lança por un costado en soslayo, lo lançó por tierra malherido, y fue tal la caída que quedó tan quebrantado que no pudo mas volver a la batalla aunque la herida no era mortal. Pues ver la braveza del anciano caballero cuando vio al hijo por tierra tendido, pensando que muerto fuese, no hubiera caballero que no espantara. Acometía y hería tan bravamente y tan sin piedad que apenas daba lugar al Caballero del Sol a se revolver. Pero como conociese que bien le era menester su esfuerço, porque el Caballero de la Torre era membrudo y orgulloso, poniendo mano por su espada, le començó de dar la respuesta, heriéndole de tantos y tan espesos golpes que, mal de su grado, lo hacía revolver por el campo de unas partes a otras. Bien había una hora que la batalla duraba, cuando siendo los escudos despedaçados y las lorigas falsadas, ya sus carnes començaban de sentir los filos de sus espadas. Tanto era en este punto el Caballero de la Torre cansado, que desfalleciendo por la mucha sangre que de él salía, en él no había defensa. Lo cual, como bien sintiese el Caballero del Sol, alçando su espada, le hiere de tres pesados golpes por cima del yelmo, uno tras otro, de tal manera que sin sentido vino a tierra. No fue perezoso el Caballero del Sol, ca saltando de su caballo vino sobre él y, como conoció que no fuese mortal, esperando que en su acuerdo volviese, de esta manera le dice: -Di, anciano caballero, ¿qué te aprovechan tus años, qué te aprovecha tu discreción, pues viniste a robar [a] los caballeros? Tus soberbias y malas obras te han traído a este desastrado fin. O yo te cortaré la cabeça, o te otorga por vencido, a tal condición, que, satisfaciendo lo mal llevado, has de hacer y jurar lo que yo te mandare.
-A punto soy, dijo el Caballero de la Torre, de conocer mi maldad y soberbia y el castigo que por ello Dios me ha dado. Yo lo he hecho como malo. Yo lo emendaré como bueno. Dios ha sido conmigo misericordioso, pues, siendo yo pecador, me ha dado conocimiento de mi pecado y me ha dejado tiempo para hacer de él penitencia. Yo otorgo lo que dices y haré y juraré todo lo que me pides juntamente con mi hijo, si vivo es.
Diciendo estas palabras, el Caballero del Sol por las manos lo levanta y juntamente se van todos a la morada de la Torre, donde para todos fueron parados lechos, y, siendo de lo necesario proveídos, de sus heridas fueron curados.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El Caballero del Sol - Capítulo VII

De la batalla que pasó entre el Caballero del Sol y el gigante Brutano, usurpador del castillo y Roca de Tres Cabeças

Otro día, que los collados de la Cretense ínsula con los rayos de los esparcidos cabellos del hijo de Latona resplandecían, en lo alto de la roca, fue dada una señal de bocina a la cual, levantando sus ojos el Caballero del Sol, pudo ver un hermoso y muy fuerte castillo bien murado, almenado y torreado, el cual estaba encasado en un pequeño espacio que entre tres puntos, o collados de la roca, se hacía, y, como las cabeças de la roca estuviesen una a medio día y otra a poniente y otra a septentrión, y hacia oriente estuviese desembaraçado, el hermoso castillo, herido de los nuevos rayos del sol, daba de sí tan hermoso parecer que a la vista otro más hermoso en el mundo no parecía haber.
Pues como el Caballero del Sol, por la seña que había oído, pensase que de ahí no le convenía partir sin batalla, o sin saber cuyo era aquel castillo, armándose de sus fuertes y ricas armas, sobre su caballo, a la falda de la peña se acerca, donde halló una gruesa columna de piedra, alta de un estado. Sobre ella estaba un grande escudo de piedra tan blanca que transparente parecía, en el cual estaba entretallado un gigante anciano armado, salvo de manos y cara, como que del caballo caído hubiese, un troço de lança por los pechos, tan al natural que el espíritu parecía en aquella hora rendir, con una letra en torno que decía: No te llegues, caballero, a mirar esta figura, que será tu sepultura.
No tardó mucho que, en tanto que el Caballero del Sol estas cosas notaba, del alto castillo un fiero y desemejado gigante abaja, armado de unas fuertes y ricas armas a cuarteles con fino oro partidas, sobre un grande y fiero caballo. Pues como al llano de la columna hubo llegado, con alta y soberbia voz, al Caballero del Sol en esta manera dice:

-Di, desdichado caballero, ¿cuál desventura te trajo aquí [donde] tu mísera vida en mis manos cuitadamente acabase? Vente luego a mi castillo. Ternás compañía al que injusto señor de él era, el cual muy solo está en la prisión. Pero yo le daré presto asaz de compañeros y tú serás el primero, si de grado lo quieres hacer, porque de otra manera no pagarás menos de que con muy cruel muerte.

-Di, soberbia bestia, bruto animal en los hechos, dijo el Caballero del Sol, ¿cómo pudiste cometer tan gran maldad y traición que no te bastase privarlo de su propio castillo sino meterle en tu cruel prisión? ¿No te bastaba hacer una crueldad, sino dos? Yo te juro, por la orden de caballería, que yo muera en tus crueles manos o yo vengaré ese caballero, el cual yo no conozco, ni jamás oí decir, aunque bien creo que debe ser muy mejor que tú.

-¡Oh hombre de poco valor!, dijo el bruto jayán, en mi presencia osaste ultrajarme de tal manera, Aguárdame, que yo te mostraré cómo se tratan los caballeros como yo.

A esa hora, sin mas aguardar, se apartaron el uno del otro cuanto convenía y, las lanças bajas, al más correr de los caballos, se vinieron a encontrar en medio del llano de la columna. Pero como el Caballero del Sol conoció que la fuerça del desemejado jayán era muy aventajada y su lança muy gruesa, quiso más usar y aprovecharse de la destreza que no tentar la enemiga fortuna, y, en aquel punto que se vinieron a juntar, el Caballero del Sol hurtó el cuerpo y volvió el escudo hacia la mano izquierda y así la lança del bestial jayán pasó en soslayo del escudo. En aquella hora el Caballero del Sol encontró al fiero gigante por la visera, que algún tanto era grande de tal manera que aunque el hierro de la lança no le faltase, por su gran fortaleza, pero, como la lança se rajó, una astilla delgada acertó por la visera y le hirió sobre los ojos, de tal manera que la mucha sangre que perdía, la vista le cegaba y su muy feroz caballo, como el gigante perdiese la rienda, espantado con el juntar y ruido de los golpes, corrió con él por el campo hasta que el gigante tornó más en su acuerdo. Pero el Caballero del Sol siempre iba en su alcance, pensando poderle acabar de derribar. Al tiempo que paró el caballo del bestial gigante, el Caballero del Sol llegó y lo hirió de dos muy pesados golpes sobre el acerado yelmo, pero ni el yelmo ni el caballero hicieron por eso algún sentimiento, pues como el gigante, después que fue vuelto en su entero acuerdo, se vio ciego y la lança perdida y que el Caballero del Sol le hería tan de coraçón, començó a bramar y, meneando su braço con gran furia, echó mano a la descompasada porra de acero que al arçón de la silla traía y fuese hacia donde sintió que los pasos del caballo del Caballero del Sol sonaban, el cual, esperándole en el campo, con viril coraçón, así dijo: -Mira, bestia fiera, como Dios amansa los soberbios como tú.
Al tino de estas palabras, llegó donde el Caballero del Sol estaba atendiendo y, como tan cerca se vio que con su descompasada porra le podía alcançar, arrojó un fuerte golpe, pero como la vista, con la sangre turbada casi ciego estuviese, por herir al Caballero del Sol, dio a su caballo tan grande golpe sobre la testera que, partiéndole la cabeça, vino a tierra con su señor. Fue la caída tan grande que el ciego gigante dio, que tal como muerto quedó tendido sobre las verdes hierbas juntamente con su caballo. Pues como el Caballero del Sol en tal punto le viese, con grande ligereza saltó de la silla en el campo y, yendo sobre él, quitóle el yelmo y vio como perdía mucha sangre por aquel lugar que la raja de la lança estaba metida, la cual luego fue por el Caballero del Sol sacada, por ver si tornaría en su acuerdo, pero, no fue bien acabada de sacar, cuando, con un grande estremecido, la ánima cruel se apartó de aquellas salvajinas carnes.
A esa hora, dentro en el castillo se había començado una muy reñida batalla, tanto que abajo en lo llano se oían los golpes de espada y el ruido y meneo de las armas. Y como el Caballero del Sol no pudiese alcançar qué cosa fuese, no se osaba determinar a subir, pensando que hubiese alguna traición arriba en el castillo. Estando en esta duda, vínole a la memoria lo que era obligado a hacer por librar al caballero preso y no mirando algún peligro de los que venir le pudiesen, acordó de tomar la senda y subir a saber qué contienda era y a poner su persona en deliberación del señor natural del castillo, si quien se lo defendiese hallase, y así como hubo mirado la columna y el cristalino escudo, leyó las letras que en él estaban escritas. Y así, a pie como estaba, començó de subir hasta lo más alto de la peña, no con poco trabajo de los fatigados miembros por el peso de las armas. Pero como en el patio del castillo entrase, donde era la vuelta de la ferida y muy trabada contienda, vio cuatro caballeros estar malheridos, tendidos por tierra, y doce caballeros en una desigual batalla, ocho contra cuatro, los cuales, acogidos y retraídos, estaban a un callejón que al canto del patio se hacía, porque los ocho, como fuesen dos para uno, ya los traían muy acosados. Pero como el Caballero del Sol de los cuatro fue visto, cobrándole mucho ánimo y nuevo esfuerço, començaron a salir de aquel lugar en que retraídos estaban, diciendo: -A ellos, buen caballero, que tus enemigos son, servidores del muy soberbio y alevoso gigante que tú mataste. Socórrenos, por cortesía, contra estos traidores que a nuestro señor tienen en áspera prisión.
Movido a piedad con estas palabras, el Caballero del Sol arremetió furiosamente contra los caballeros del jayán, defensores de la maldad y traición, y en poco rato, con el favor de los cuatro caballeros, los venció y desbarató, y, quitándoles las armas, los enviaron malheridos de la batalla pasada.

Mitología castellana - El ojanco

La DRAE recoge este término como un adjetivo aumentativo y despectivo, como sinónimo de “Cíclope”. J . M. de Barandiarán relaciona al ser mítico de un solo ojo, con los ogros o gigantes que aparece en cuentos castellanos como “El ojanco” y otros nombres parecidos. Estos cíclopes castellanos, también conocidos como “ojarancos” “ujancos” o “ojaranquillos”, se les representan como una especie de seres simiescos de barbas tan ásperas como cerdas de jabalí que le llegaban a las rodillas y así le tapaban el cuerpo, pues solía ir desnudo. Su peculiaridad era tener dos filas de dientes y un único ojo brillante que le ocupaba casi toda la zona frontal (y en algunos relatos populares se atribuyen además dos cuernos). Era ágil como las águilas y con una extremada fuerza. Habitan en montañas, cuevas, posadas o castillos. Suelen disponer de rebaños (pastores, como en La Odisea) o de un ejército y servidores coaccionados, y les gusta de la carne humana. El mito está emparentado con sus “primos”, el Xigante gallego y el Patarico asturiano, junto a su “hermano” cántabro el Ojáncanu.
Estos seres han sido recogidos no solo en leyendas, como ejemplo La cueva de los gigantones en Alcalá de Henares (Madrid) o El Gigante del Valle Estrecho en San Martín de los Herreros (Palencia). También en los cuentos populares castellanos [“Cuentos castellanos de tradición oral” (1983), “Cuentos populares de Castilla” (1946)] como también en relatos de escritores eruditos como Luis Vélez de Guevara en “El caballero del Sol” (1617). Mencionándose también en la obra de Fray Benito Jerónimo Feijoo, “Teatro crítico universal, tomo segundo” (1728) en contra de las supersticiones populares de la siguiente manera: "Ya se sabe que en ninguna parte de la Tierra hay Pigmeos, ni Ojancos, ni Hipógrifos, ni hombres con cabezas caninas, ni otros con los ojos en el pecho, ni aquellos de pie tan grande, que con él hacen sombra a todo el cuerpo, u otras monstruosidades semejantes."
Además, se conoce de su versión femenina, como la Ojáncana o en Piedrabuena (Ciudad Real) denominada la Ojanca. Ésta, era usada para asustar a los niños, cuyo nombre explicaban los lugareños en razón de que tenía un ojo muy grande.
En la provincia de Jaén se halla el municipio de Arroyo del Ojanco. Aunque aquí probablemente la palabra Ojanco no se refiera al mitológico ser, sí no a una confusión con la denominación de un batán y unas torres que posteriormente darian nombre al municipio. Estas torres y el batán eran conocidos antiguamente con el nombre de Oçanco. No hay tampoco testimonios en los cuentos, leyendas y mitos de la zona acerca de ningún ser denominado ojanco.

martes, 16 de noviembre de 2010

Los trasgos castellanos

Muy arraigada la creencia de estos seres, descritos como un género de demonios «caseros, familiares y tratables», ocupados en hacer toda serie de burlas ridículas a las personas ( “Práctica de exorcistas y ministros de la Iglesia (1668) Benito Remigio Noydens). Parece ser que el origen del termino castellano “duende” proviene de la expresión "duen de casa" o "dueño de casa", por el carácter entrometido de los duendes al "apoderarse" de los hogares y encantarlos. Pero según Fray Fuentelapeña, a los duendes “…En castilla les llama trasgos, y en Cataluña Folletos…”. Una de las acepciones que recoge el DRAE sobre “trasgo” es la de “niños vivo y enredador”. Como botón, puede tomarse unos versos de Quevedo donde dice “A fugitivas sombras doy abrazos / en los sueños se cansa el alma mía; / paso luchando a solas noche y día, / con un trasgo que traigo entre los brazos”. Así mismo el DRAE describe al “duende” como “ … figura de viejo o de niño en las narraciones tradicionales”. Se les representan con forma humana y de unos 60 cm de altura, con la capacidad de hacerse invisibles o de mutarse en pequeños animales. Gustosos de morar desvanes, sótanos y bodegas en donde jugar y hacer ruidos por las noches.
Menciona Ángel del Pozo “En el siglo XVI la creencia en la existencia de los duendes era generalizada, de tal forma que era práctica forense en Castilla, así lo asegura el escritor Julio Caro Baroja en su obra 'Del viejo folclore castellano': «Que si una persona iba a habitar una casa y luego se enteraba de que en ella había duendes, podía abandonarla».” También alude las costumbres de estas criaturas “El tirar piedras y realizar pequeñas fechorías es una de las principales características de los duendes castellanos -también conocidos como martinicos o martinillos- para molestar y asustar a los humanos en sus casas, donde se introducen haciendo de ellas su residencia permanente.” En tierras burgalesas se recogen relatos de su existencia en el municipio de Cornejo (Merindad de Sotoscueva, Burgos) y famoso fue el duende de Horna (Burgos). Muchas veces vemos como una casa encantada es causa de trasgos y no de fantasmas. Siendo casos conocidos los duendes de Mondejar y Berrinches (Guadalajara), Los palacetes de Madrid (Palacio del Conde Duque, El Palacio de Cañete) o el duende del Retiro.
Cuenta de ello es la continua mención a estos seres en la literatura castellana del Siglo de Oro. Autores como Cervantes, Quevedo, Calderón de la Barca y tantos otros. Pudiendo recoger mención a estos “espíritus familiares” en relatos populares, tanto en las actas de la Inquisición o de la intervención de la Guardia Civil ya entrado el siglo XX.
Como podemos ver, los trasgos son criaturas del mundo mitológico castellano, relacionados con las travesuras o la maldad no tan mala.
Dicen que la palabra trastada procede precisamente de trasgo. Como sinónimo de: no hagas cosas de trasgos. Es decir; no hagas trastadas, travesuras.
En Asturias se les conoce como trasgu, algo muy relacionado con nuestro trasgo castellano. Naturalmente por que la propia mitología de toda esa Castilla la vieja, nace en las montañas y serranías de Cantabria y Asturias.
Muy posiblemente, la tradición o creencia de los trasgos, quizás con otro nombre. Procede de las viejas poblaciones pre romanas de la meseta central o del norte cantábrico. Criaturas malignas de la naturaleza, cuando el hombre vivía en los bosques, y hacía de ellos su hogar. Y que paso a ser un demonio menor de los hogares y casas, cuando este dejo los campos para vivir en casas, pueblos y masificadas ciudades.
Aunque mas adelante trataremos el mito de los trolls castellanos. Si podríamos decir que el trasgo es una especie de troll. Es decir, un ser mitológico o espíritu del mas allá, mágico no relacionado con el mundo de los hombres.

La mitología castellana en la literatura

Está muy extendida la idea que la literatura castellana es carente de elementos fantásticos. Pero esto es contradice si se consulta las obras del siglo XVII. El propio Cervantes, entre otros muchos, recogerá toda clase leyendas, mitos y fantasías propias del vulgo, para la realización de sus diversas obras. [Véase “Literatura Fantástica y de Terror Española del Siglo XVII”] Pero mucho de este material mitológico era descartado por ciertos escritores “eruditos” o bien atacado por algunos sectores como supersticiones del populacho.
A primera vista parece que Castilla no presenta material «maravilloso» (susceptible de relacionar con tradiciones paganas). No obstante, dicho material existe no sólo en los cuentos, sino también en las leyendas unidas a lugares geográficos donde la mayoría de las veces a la Virgen, los santos, las viejas o damas que donan tierras o castigan a los habitantes de un pueblo, les corresponde un papel activo. [“Las matres celtibéricas y los relatos sobre los orígenes de los territorios comunales castellanos” (1990) – Revista de Folklore, nº 110] Hoy no se puede hablar de un culto pagano o tradicionalmente alejado de la doctrina eclesiástica en los pueblos castellanos. Pero diversos autores han reconocido en diversos ritos y costumbres, la pervivencia de viejos cultos prerromanos. Las «matres» sufrieron el mismo proceso que otras divinidades menores circunscritas a estos territorios. Como las «dianas» (xanas asturianas) aparece ya en la baja época latina en el sentido de «hada nocturna»; en Castilla, «matre» (matrona) tomará las connotaciones de la fertilidad y al mismo tiempo diosa de los muertos, de los fantasmas nocturnos y maga poderosa. Gran parte del trabajo de campo realizado por Luis Díaz Viana (presidente de la Asociación de Antropología de Castilla y León) se ha centrado en Castilla para la realización de su libro. “Leyendas populares de España” (2008). Un total de 51 relatos y la mayoría de ellos con origen castellano. Ya que en palabras de Viana, Castilla es «una tierra rica en leyendas».
Pero al carecer de un renacimiento cultural que la rescatara ( romanticismos nacionalistas del Siglo XIX, tales como el vasco, gallego y catalán) ha propiciado que se perdiera gran parte de la mitología de las diversas regiones de raíz castellana. Además, siendo las áreas rurales castellanas las más castigadas por la despoblación y la posterior fracción de los territorios castellanos en diversas comunidades autónomas, han relegado estos mitos al ostracismo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Nueva traducción de la saga de Teodorico

Compuesta en Bergen (Noruega) durante el reinado de Hákon IV (1217-1263), es una de las obras más emblemáticas e importantes de la literatura germánica medieval. En ella se recoge a modo casi enciclopédico una serie de leyendas de origen básicamente alemán, estructuradas en torno a la figura central del célebre rey ostrogodo Teodorico el Grande.
Recordemos que el gran Teodorico, fue quien comando a los visigodos en Hispania contra los suevos. A quienes arrincono en el norte de Portugal. Venciéndoles en la batalla de río Orbigo. Haciéndose cargo del reino de los visigodos. No en vano el también era un gauta, un godo del este Se trata, en definitiva, de una obra fundamental de amena lectura que no sólo registra una rica información procedente de fuentes ya perdidas u ofrece interesantes versiones de otros relatos épicos conservados, sino que también constituye la única narrativa global que existe en la literatura del medievo sobre la vida y destino de uno de los monarcas más legendarios de todos los tiempos junto con Carlomagno y Arturo de Bretaña".

viernes, 12 de noviembre de 2010

El duque Pedro de Cantabria

Pedro de Cantabria fue duque de Cantabria. Probablemente nació en algún lugar de la cordillera Cantábrica y murió el año 730. Su hijo, Alfonso I "el Católico" (yerno de don Pelayo), y varios nietos suyos fueron elegidos reyes de Asturias por la nobleza asturiana.
Hasta el siglo XIX, basándose en los antiguos cronistas, se creyó que fue hijo del rey visigodo Ervigio, pero algunos historiadores y genealogistas de hoy en día lo ponen en duda. Se desconoce el nombre de su o sus esposas.
El hijo mayor del duque Pedro de Cantabria, Alfonso I, fue el tercer rey de Asturias y padre del rey Fruela I de Asturias. Su segundo hijo, Fruela, fue padre de los reyes Aurelio y Bermudo; y dio origen, a través de su hijo Bermudo, a uno de las principales linajes de los que provinieron los monarcas de los reinos de Asturias, León, Navarra, Castilla y Aragón, que posteriormente darían origen a los reinos de España y Portugal.
Según antiguas crónicas musulmanas, en el año 714 Musa ibn Nusair toma y saquea por segunda vez Amaya, la capital del Ducado de Cantabria, lo que obliga a Pedro y a los suyos a refugiarse tras la cordillera. Allí combina sus fuerzas con el líder astur Pelayo para combatir a los invasores musulmanes, a los que derrotan en la batalla de Covadonga. Es probable que, siguiendo la costumbre goda, Pedro enviase a su hijo a la corte real de Pelayo en Cangas de Onís. Según el fragmento transcrito a continuación de la Crónica Albeldense, el Duque Pedro y el Rey Pelayo acordaron fusionar sus dominios mediante el matrimonio de Alfonso (hijo de Pedro) con Ermesinda (hija de Pelayo):

Adefonsus, Pelagi gener, reg. an. XVIIII. Iste Petri Cantabriae ducis filius fuit; et dum Asturias venir Ermesindam Pelagii filiam Pelagio proecipiente, accepit

Enrique Flórez de Setién. España sagrada, t. XIII, ap. VI

Tras la muerte -el 14 de septiembre del año 739, durante una cacería- de Favila (quien había sucedido a su padre Pelayo como rey de los astures), Alfonso es designado primer Rey de los unificados dominios que en lo sucesivo se conocerían con el nombre de Asturias. La posteridad lo conoce con el nombre de Alfonso I "el Católico".
Echegaray Gonzalez , J.; Los Cántabros; Ed. Librería Estudio; Santander (España)

jueves, 11 de noviembre de 2010

El invierno llego a Castilla


lunes, 8 de noviembre de 2010

La batalla de Tagus

Aníbal ya era general de las tropas cartaginesas. Y padecía el ansia del que sabe lo que quiere y pretende ponerse en marcha hacia ello.
Tras conquistar adrede y superficialmente a los Olcades, al sur del Tagus, los soldados vitoreaban las soldadas pagadas en Cartago Nova tras el saqueo de Cartala (Altea, en Polibio), capital de los Olcades, Aníbal tenía al ejército dispuesto y leal, y a la primavera siguiente atacó a los Vacceos, dedicando este esfuerzo a tener seguridad y dominio en su parte de la península para afianzar su guerra futura contra Roma, que para él ya era un hecho que debía desarrollar.
Tras la dura conquista de Helmántica y Arbocala, pues las gentes de estos lugares fueron fieros contra los cartagineses, los supervivientes renovaron fuerzas, allá en la oscuridad de las reuniones clandestinas con los Olcades aún furiosos que veían esperanza en la lucha contra el improvisado invasor.
Viajaron diplomáticos a hablar con los Carpetanos, mostraron los hechos, y tras divagaciones decidieron no esperar a que Aníbal y su ejército salieran de la tierra Vaccea, al menos no sin probar el vigor de los pueblos de Iberia, que aún sabían que preferían morir matando a ser puestos bajo un yugo eventual.
La fuerza peninsular, se acercó al ejército de Aníbal hasta que éste estuvo a orillas del Tagus, y en ese momento y por la retaguardia hicieron de las columnas de Aníbal, que cargaban alegremente su botín vacceo, una caos peligroso, y consiguieron poner nerviosos a los cartagineses…
Pero Aníbal no dio media vuelta y arriesgó al enemigo su bravo ejército en desventaja en el lugar de la acción. Por el contrario, vadeó el Tagus, y cuando llegó al otro lado, miró detenidamente el terreno, miró hacia atrás y dilucidó.
Pronto construían una empalizada los cartagineses con vigor y esfuerzo, tras haber dejado un espacio suficiente para albergar tropas enemigas entre el río y la empalizada.
Aníbal conocía a las gentes peninsulares: “Cruzarán”, pensó.
La fuerza peninsular, mientras los cartagineses construían la empalizada y se organizaban en sus tareas militares, trataba de tomar una decisión.
Los caudillos llegaron a la conclusión de que el desorden y el miedo causado en la retaguardia cartaginesa podría repetirse, pues ellos eran fuertes y belicosos, y eran unos cien mil hombres de guerra, fuerza mucho más numerosa que la de Aníbal, de indefinido número pero siempre menor. Darían mucho más miedo al enemigo, pues, si cruzaban el Tagus, río respetado y poderoso, con griterío ensordecedor y la cabeza bien alta, espada en mano y rabia vengativa. Luchar y morir luchando. Quizá así vencieran.
Error.
Aníbal esperó a que entraran un cierto número de hombres en el agua, aún esperó un poco más, y cuando los primeros hombres llegaban casi a la orilla cartaginesa, envió a la caballería a masacrarlos a todos, teniendo muy en cuenta la debilidad de un infante en un río contra un imponente jinete con facilidad de maniobra y de ataque así como de defensa. Los cascos chapoteaban y los jinetes gritaban. La fuerza de los Olcades, Vacceos y Carpetanos se entregeaba ya a la desorganización y entraban al río por donde fuera con rabia desmesurada. Los jinetes vieron cómo Aníbal daba la orden de que los elefantes, que eran cuarenta, fueran colocados en la orilla cartaginesa, como espectadores de la lucha fluvial, como el terrorífico destino o insalvable obstáculo para todos aquellos peninsulares que consiguieran burlar a la caballería. Y causaban pavor.
Los jinetes mataban y mataban con facilidad y ya todo eran infantes ahogados, retenidos por la corriente y después arrastrados por ella, muertos a manos cartaginesas, o muertos por los múltiples accidentes esta lucha causaba.
Y cuando llegaban algunos desdichados a la orilla cartaginesa, los elefantes, violentamente los pisaban y terminaban con sus vidas.
Y aún así detrás aún quedaban las tropas de infantería cartaginesa, que no habían movido un dedo y estaban frescas y ansiosas.
Aníbal, tras esperar y ver ya el caos ibérico, dispuso a los infantes en cuadro y de esta manera, a los que sobrevivían en la otra orilla, donde no estaban los cartagineses, los echó del territorio del río, y los persiguió y dispersó de manera que no pudieran volver como una pequeña fuerza superviviente, sino como cadáveres o como fracasados.
Los cartagineses vitorearon a su general y a ellos mismos. Los peninsulares, con fracaso, pero con honor, huían y se escondían esperando el destino fatal que les llegaría después, ya que Aníbal, deseoso de la guerra con Roma, y con la idea de dominación rápida e imponente de su parte de península, arrasó los territorios de los que participaron en esta escaramuza, y finalmente rindió a los Carpetanos.

Avaros el Arevaco


Avaros o Avaro, fue un representante numantino, más que un caudillo.
Durante el asedio al que fue sometida su ciudad por parte de los romanos durante la Guerra Numantina, Avaros fue destinado al frente de una embajada de cinco hombres que debía parlamentar con Escipión Emiliano. Su figura es especialmente conocida por el cruel final que le tuvo reservado el destino. Después de hablar con Escipión y de que éste le obligara a que la ciudad depusiera las armas y se entregara para que sus habitantes fueran tratados con mesura, Avaros presentó las condiciones a sus conciudadanos. Los numantinos dudaron de las palabras de Avaros y los otros cinco embajadores, y pensando que habían negociado con Escipión únicamente su seguridad personal, les dieron muerte.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Celtiberos, la guerra de fuego

Guerra de fuego es denominada la que los romanos llevaron a cavo contra los celtiberos; extraordinaria fue la naturaleza de esta guerra, así como el carácter interrumpido de sus enfrentamientos, pues las guerras de Grecia y Asia suele terminarlas generalmente un solo combate, raras veces dos y las mismas batallas suelen decidirse en un solo momento, el del primer choque y encuentro de fuerzas. En esta guerra, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Pues la mayor parte de los combates los terminaba la noche y los hombres resistían con pleno animo son que sus cuerpos cediesen ante la fatiga, sino que, desistiendo de la retirada, renovaban la lucha con mayor ímpetu, como si estuvieran arrepentidos. De esta forma, apenas el invierno logro suspender esta guerra y la continuada serie de batallas: realmente, si alguien tiene interés en imaginarse una guerra de fuego, que no piense en otro conflicto bélico distinto a este.

Así se refiere el historiador griego Polibio (XXV, 1) al enfrentamiento que protagonizan romanos y celtiberos a mediados del siglo II C. Una “guerra de fuego” (pyros polemos)

jueves, 4 de noviembre de 2010

Consigue las portadas de Desperta Ferro

Mundo visigodo, Pan-Gothia

Para todos los interesados, Pan-Gothia, mundo visigodo. Ha sido abierto nuevamente con un nuevo formato. Podeis acceder a la pagina pinchando sobre la imagen

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Ilustracion para Desperta Ferro Nº II

Ya esta a la venta el segundo numero de Desperta Ferro. Revista dedicada al mundo antiguo de Europa. Este segundo numero, dedicado íntegramente a la cultura celtica en Europa, con un apartado especial dedicado al mundo céltico hispano y las dos guerras mas importantes que sufrió; las guerras cantabras contra astures y cantabros, y las guerras celtibericas, contra los celtas de la meseta.
La imagen muestra a un gálata acometiendo a un hoplita "ligero" etolio, para "Brenno y el ataque a Delfos del 279 a. C.".

Recensión de Francisco Villar, Indoeuropeos y no indoeuropeos en la Hispania prerromana.

Las poblaciones y las lenguas prerromanas de Andalucía, Cataluña y Aragón según la información que nos proporciona la toponimia. Ediciones Universidad de Salamanca. Salamanca 2000

El proceso de indoeuropeización de la Península Ibérica es uno de los problemas más complejos a los que, desde hace ya muchos años, se enfrentan tanto la Prehistoria como la Lingüística. Es tal la cantidad de elementos en juego y de cuestiones a resolver que no resulta difícil augurar que serán muchas las generaciones de arqueólogos, filólogos, historiadores de la religión y antropólogos que investigarán y debatirán sobre este campo. El camino por recorrer es largo y, como es sabido, son pocos los puntos que han sido firmemente establecidos y, en consecuencia, aceptados por todos. No es este lugar para hacer balance de la cuestión: un muy breve resumen se podrá encontrar en un artículo que publicamos en un número anterior de Terra Nostra o una exposición mucho más detallada en la Parte V de otra obra del autor del que nos ocupamos aquí, Francisco Villar, Los Indoeuropeos y los orígenes de Europa, 2ª ed., Madrid 1996. Brevemente, recordaremos que parece clara la existencia de tres estratos lingüísticos indoeuropeos prerromanos: por un lado, el correspondiente al Alteuropäisch, por otro, el de la lengua de las inscripciones lusitanas y, por último, el celtibérico, existiendo posiciones encontradas sobre la naturaleza de cada una y el tipo de relaciones que pudieran haber existido entre ellas.
Este ya de por sí complejo panorama se ha visto más complicado, si cabe, por la hipótesis que presenta F. Villar en esta obra. En efecto, a lo largo de sus casi 500 páginas el autor intenta demostrar, a través del análisis de una ingente cantidad de material lingüístico, la presencia en la Península Ibérica de un estrato lingüístico indoeuropeo diferente a cualquiera de los otros tres detectados hasta el momento, un estrato de rasgos muy arcaicos que de confirmarse atestiguaría que el proceso de indoeuropeización de la Península fue mucho más complejo y profundo de lo que se había supuesto.
La obra comienza haciendo repaso de una serie cuestiones relativas a la Lingüística Comparada, en especial un alegato de la validez de su método y una descripción de sus características, para continuar con un amplio comentario de la historia de la investigación paleolingüística en España, desde los dislates del padre Astarloa hasta los autores contemporáneos como Gorrochategui o de Hoz, haciendo especial hincapié en la progresiva complejidad de las concepciones del substrato, desde el vasco-iberismo originario, tesis que no se cansa durante toda la obra de denostar, y con razón, hasta la identificación de los diferentes niveles actualmente admitidos: los ya mencionados indoeuropeos junto al vasco, tartesio, ibérico, etc.
Tras estos dos capítulos a guisa de introducción, se adentra en el examen del material recogido: topónimos, hidrónimos, antropónimos y etnónimos, material organizado en series en función de un componente principal que es estudiado en todos los aspectos filológicos posibles, tanto fonéticos como morfológicos, y del que ofrece su correspondiente distribución geográfica, tanto en la Península como en Europa, norte de África u Oriente Próximo. Así, uno a uno, van siendo analizados todos los elementos susceptibles de formar parte de este estrato, proponiendo el carácter indoeuropeo, entre otros, de los siguientes: uba-, relacionado con las raíces indoeuropeas para agua *ap, *ab, *up; ur, relacionado con el ide *(a)wer- / (a)ûr, agua, río, corriente; urc- con el ide *war- / *ur- más el sufijo ko; uc-, en el que se habrían reunido tres componentes diferentes: uko (diminutivo), uko (sufijo hidronímico que aparece en lituano) y un apelativo relacionado con ûkis (lugar de habitación) también presente en lituano, bai-, relacionado con el ide *gwhêi, brillar, etc. Al estudio de los elementos susceptibles de ser agrupados en series que califica de mayores sigue el de las series menores (tur-, turc- y murc-) y de aquellos, muy numerosos, que por su escasa aparición en las fuentes no pueden ser seriados, pero que responden a unas mismas características lingüísticas, así como el análisis de la antroponimia susceptible de ser relacionada con este estrato.
Una vez analizado el material, Villar se adentra en la caracterización de la lengua o lenguas responsables de esta hidronimia, toponimia y antroponimia, llegando a la conclusión de que no corresponde a ninguna de las lenguas indoeuropeas conocidas, siendo imposible su identificación con ninguno de los tres estratos indoeuropeos conocidos en la Península por diferentes razones (aquí no podemos dejar de mencionar que en su obra mencionada anteriormente relaciona el elemento tur-, presente en nuestro Turia, con el Alteuropäisch pp. 507-509), y sosteniendo que este estrato presenta fuertes relaciones con las lenguas itálicas y con las bálticas, generalmente, aunque no siempre, en las innovaciones con las primeras y en los arcaísmos con las segundas.
Durante toda la obra, y mediante el estudio de la distribución geográfica de los testimonios de este estrato se va evidenciando una concentración de estos elementos en dos áreas principales: la meridional y la ibérico-pirenaica, como el autor las denomina, que se corresponden con el área que hasta ahora se consideraba no indoeuropea (baste recordar la famosa frontera de los briga-). Resulta evidente que las consecuencias de las propuestas de Villar pueden resultar revolucionarias para nuestra protohistoria. El autor es consciente de ello y en un último capítulo analiza algunos de los etnóminos del área ibérica (ilérgetes, indicetes, volciani, etc.) atribuyéndoles etimologías indoeuropeas relacionadas con el estrato objeto del libro (seguras para dieciséis entre veintitrés, aunque posiblemente sean más todavía), lo que implica un masivo substrato indoeuropeo en todo esta área (Aragón, Cataluña y norte de Valencia), pero, sin embargo, renuncia explícitamente a intentar explicar el mecanismo de entrada de estas lenguas, emplazando a arqueólogos y prehistoriadores a abordar esta cuestión. Lo que sí sostiene es la imposibilidad de relacionar los Campos de Urnas con esta toponimia debido a motivos distribucionales (son prácticamente inexistentes en Andalucía) y cronológicos (relaciona el topónimo Alube de la Ilíada con el Guadalquivir y con los hallazgos micénicos allí efectuados, lo que dataría este estrato con anterioridad a las penetraciones de esta cultura. Por otro lado, considera que la densidad de este estrato casa mal con unos «recién llegados» como los Urnenfelder). No obstante, no parecen argumentos excesivamente fuertes: Infiltración y transformación de la cultura material son fenómenos que a menudo van parejos y aunque en la actualidad se tiende a ver en las transformaciones del bronce final tartésico influencias mediterráneas, algunos de los nuevos elementos no dejan de estar relacionados con el ambiente de las urnas, aunque tampoco podemos dejar de señalar que se ha hecho responsable a influencias del Mediterráneo los elementos indoeuropeos presentes en el tartesio. Por otra parte, la relación del Alube homérico con la Península no deja de ser una conjetura toponímica, apoyada sobre conjeturas cronológicas y arqueológicas, y en cuanto a la excesiva densidad que pueda presentar un substrato depende más bien de la profundidad de la «limpieza étnica» que de la antigüedad del proceso. Todo esto, no obstante, no deja de ser un mero comentario ante la superposición de esta toponimia y los Campos de Urnas en el área nordoriental peninsular, que resulta bastante sugerente y ante la propia naturaleza lingüística del substrato (sobre todo la presencia de elementos compartidos con diferentes grupos del «indoeuropeo nordoccidental») que no deja de evocar constantemente las ideas de H. Krahe sobre el «estado líquido» (flüssige Zustand) del complejo de las urnas desde el punto de vista lingüístico. No obstante, evidentemente es todavía muy pronto para intentar elaborar hipótesis arqueológicas sobre esta cuestión.
Un punto que quizá llame la atención a quienes han seguido la labor de Villar es el escaso espacio dedicado al paleoeuropeo y a sus presuntas relaciones con este estrato recién descubierto. Ya que ambas son lenguas ciertamente arcaicas y siguen un modelo distribucional diferente, aunque muy determinado en ambas por los cursos de agua, cabría esperar un análisis comparativo de ambas lenguas que nadie mejor que Villar está en condiciones de realizar. Estamos convencidos de que no tardará en abordar este problema.
En definitiva se trata de una obra destinada a tener un gran eco entre los especialistas no sólo en paleohispanística sino también en indoeuropeística y que abre nuevos caminos para el conocimiento del pasado de nuestros pueblos.
Olegario de las Eras.