sábado, 31 de julio de 2010

Roger de Lauria. La marina del reino de Aragón

Roger de Lauria, o de Llúria, o de Lloria (Lauria, Basilicata, 17 de enero de 1245 - Valencia, 19 de enero de 1305), fue un marino y militar de origen italiano al servicio de la Corona de Aragón.
Fue almirante de la flota de Corona de Aragón y de Sicilia, la cual comandó brillantemente durante todo el reinado de Pedro el Grande de Aragón. Se le concedió el condado de Cocentaina (convirtiéndose así en el primer conde de Cocentaina) como recompensa por su trayectoria militar.
Nombrado almirante en 1283, defendió Sicilia y los derechos de los reyes de la Corona de Aragón contra los angevinos tras las Vísperas sicilianas, derrotando a una flota francesa al mando de Carlos de Anjou en las inmediaciones de Malta. En 1284 derrotó al príncipe de Tarento (heredero del trono napolitano) en la bahía de Nápoles y realizó una espectacular campaña en Calabria. Posteriormente fue a Cataluña, a petición de Pedro III el Grande, para hacer frente a los franceses. La victoria más destacable que obtuvo fue sobre la flota francesa de Felipe III, en la batalla de Formigues, los días 3 y 4 de septiembre de 1285. De esa forma rompió las líneas de comunicaciones de los invasores franceses en Cataluña y arruinó completamente el poder naval francés de la época. También tomó parte en la batalla del collado de las Panizas (en catalán, Col de Panissars) (1285). Totalmente derrotadas, las tropas francesas abandonaron ese año Cataluña.
Los triunfos del almirante de Lauria estuvieron basados en innovaciones técnicas. Los ataques no se basaban únicamente en el abordaje y el uso de la espada, sino en el empleo de espolones y de ballestas, ya fueran de mano o, en el caso de las más grandes, montadas en parapetos situados en los barcos.
Las hazañas del marino en el mar Mediterráneo fueron notables. Interpelado por el Conde de Foix, emisario del Rey de Francia, el cronista Bernat Desclot pone en boca Roger de Lauria (1285)

Señor, no sólo no pienso que galera u otro bajel intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, ni tampoco galera o leño, sino que no creo que pez alguno intente alzarse sobre el mar si no lleva un escudo con la enseña del rey de Aragón en la cola para mostrar el salvoconducto del rey aragonés

Al acceder Jaime II al trono de Aragón, tendría que haber cedido el trono siciliano a los angevinos con los que había firmado la paz. Sin embargo, su hermano menor Federico aceptó la corona que le habían ofrecido los sicilianos y luchó por la corona contra los angevinos y su hermano. Aunque al principio Roger apoyó a Federico, poco después se puso al servicio de Jaime. Confiscados sus territorios sicilianos y tildado de traidor, venció al infante Federico en cabo Orlando y Ponza. Firmada la Paz de Caltabellota (1302) entre ambos hermanos, Roger se retiró a su condado en Cocentaina, donde murió.
Fue enterrado en Santes Creus, un monasterio cisterciense, al pie del sepulcro de Pedro el Grande de Aragón. También se le dedicó un monumento al final de la Rambla Nova de Tarragona, obra del escultor Feliu Ferrer Galzeran.
Como curiosidades militares actuales podemos decir que:
La Armada Española tenía la intención de nombrar la F-102 con el nombre de Roger de Lauria, pero finalmente decidió honrar la memoria del padre del rey Juan Carlos I nombrándola Almirante Juan de Borbón. Posteriormente encargó en 2006 la construcción de una fragata de la serie F-100 que recibiría su nombre. En un nuevo cambio de opinión, reflejado en el Boletín Oficial de Defensa del 26 de agosto de 2009, se decidió que la F-105 lleve el nombre de "Cristóbal Colón", nombre igualmente tradicional en la Armada. Aunque aún no encargada, la 6ª Fragata de la serie F-100 podría ser la que honrase a Roger de Lauria.
La II Bandera de la Brigada Paracaidista del Ejército de Tierra español lleva su nombre.

Batalla de Tamaron. Castilla contra Leon

La batalla de Tamarón fue un enfrentamiento militar que tuvo lugar el año 1037 entre las tropas del rey leonés Vermudo III y las del conde de Castilla Fernando Sánchez.
Distintas versiones de los hechos difieren tanto en las fechas (30 de agosto, 1 de septiembre o 4 de septiembre), como en el emplazamiento de la batalla (Tamarón (Burgos) o Támara de Campos (Palencia)). Las crónicas najerense, silense y Chronicon mundi de Lucas de Tuy además de los anales Toledanos, Compostelanos y Castellanos Segundos dan como lugar de la batalla el valle de Tamaron. Las crónicas recogen que la batalla tuvo lugar después que Vermudo pasó la frontera de los cántabros (río Pisuerga) y que tuvo lugar en el valle de Tamarón "super vallem Tamaron", y Tamarón es el actual pueblo de Burgos que se halla en el marcado valle que forma el arroyo de Sambol. Támara, que nunca fue llamada Tamarón, no está situado en ningún valle. Es con De rebus Hispaniae de Jiménez de Rada donde viene la confusión, ya que dicho autor situaba la batalla junto al río Carrión, donde relativamente cerca se encuentra la villa de Támara (Palencia).
Los orígenes de la batalla tienen como escenario la Tierra de Campos, los territorios entre el Cea y el Pisuerga disputados entre León y Castilla desde el siglo IX, dicha zona había sido incorporada a Castilla en tiempos de Sancho III el Mayor, y Vermudo quería recuperarlas, Fernando I por su parte consideraba esa zona como dote de su esposa Sancha, hermana del rey leonés que se había casado con Fernando I.
Las tropas de Fernando I ayudadas por las de su hermano, el rey de Navarra García Sánchez, vencieron a Vermudo que perdió la vida en la batalla, supuestamente a manos de siete enemigos cuando se adelantó a sus huestes en busca del conde castellano. Autopsias realizadas en el siglo XX demuestran que sufrió una cuarentena de heridas de lanza, muchas de ellas en el bajo vientre, comunes en otros caballeros medievales una vez desmontados. Por otra parte, el número de heridas pone de manifiesto la saña con la que fue desmontado y muerto en mitad de la lucha al caer en medio de las filas enemigas.

...pero la muerte, lanza en ristre, que es criminal e inevitable para los mortales, se apodera de él (Vermudo) y le hace caer de la carrera de su caballo; siete caballeros enemigos acaban con él. García (rey de Navarra) y Fernando presionan sobre ellos (los leoneses). Su cuerpo es llevado al panteón de los reyes de León. Después, muerto Vermudo, Fernando asedia a León y todo el reino queda en su poder”.

Crónicas de los reinos de Asturias y León, Jesús E. Casariego. Ed. Everest (1985)

Muerto Vermudo sin descendencia, el trono pasó a su hermana Sancha que cedió los derechos a su marido Fernando I que se coronó rey de León

Descubren los restos de una iglesia del siglo V visitada por San Millán

Logroño, 18 jul (EFE).- El campo de trabajo que estudia patrimonio arqueológico en el yacimiento de Parpalinas, situado en el Valle de Ocón, ha descubierto los restos de una iglesia del siglo V, junto a una casa anexa, habitada por aristócratas, y que fue visitada a mediados del siglo VI por San Millán de la Cogolla.
Según ha informado a EFE el director de las excavaciones, Urbano Espinosa, las investigaciones en este yacimiento -en el que participan trece universitarios de distintos centros de España, han permitido constatar las huellas de San Millán de la Cogolla en este enclave, que visitó a mediados del siglo VI San Millán de la Cogolla, como testimonia en el siglo VII el obispo Braulio de Zaragoza al escribir la vida del santo eremita.
Aquí, en Parpalinas, según relata Braulio de Zaragoza, San Millán fue llamado a realizar un exorcismo en la casa del senador Honorio, quien desde ese momento se convirtió en un protector del cenobio emilianense.
Uno de los elementos básicos en la descripción de la vida de San Millán de la Cogolla por el obispo Braulio cuando visita a Parpalinas es que reunió a los clérigos del lugar y, por lo tanto, "pensamos que tenía que haber una iglesia", explica Espinosa.
Durante la campaña, han aparecido los restos de una planta entera de una iglesia del siglo VII y, en su subsuelo, se han hallado los restos de otra planta no entera que, corresponden, "con toda seguridad" a la iglesia visitada por San Millán de la Cogolla.
La iglesia no originaria, según explica Espinosa, "tiene un gran valor cultural, porque se conserva la planta completa y son escasísimas los templos cristianos tempranos primitivos hasta el siglo VII que conocemos en España y en, particular, en el norte de la Península".
Espinosa ha destacado el valor arqueológico de este yacimiento, que comenzó a estudiarse en 2005 con el apoyo del Gobierno riojano, la Universidad de La Rioja y el Ayuntamiento de Ocón, y que ha certificado la veracidad histórica de la información aportada por el obispo Braulio de que San Millán de la Cogolla estuvo en Parpalinas, aunque la cuestión del milagro "es un asunto de fé".
Otra de las líneas de investigación en este campo de trabajo fue conocer cómo era la cultura aristocrática en esta casa que San Millán de la Cogolla visitó, llamado por el senador Honorio.
En la actual campaña se han encontrado ajuares cerámicos, agujas, anillos, broches para sujetar la ropa, vidrio y pinturas policromadas en las paredes que corroboran que la cultura del momento de la época en la que vivió San Millán de la Cogolla era aristocrática de la época hispanovisigoda.

viernes, 30 de julio de 2010

Fernando I el Magno. La guerra con Navarra

A los dieciséis años de reinado, Fernando hubo de hacer frente a la guerra contra su hermano mayor, García III de Pamplona. Fernando y García llevaban años disputándose los territorios que su padre había segregado de Castilla y anexionado a Navarra (La Bureba, Castilla Vieja, Trasmiera, Encartaciones y los Montes de Oca), realizando constantes incursiones. Las crónicas, claramente partidistas, hacen caer exclusivamente sobre el navarro la responsabilidad del conflicto: estando García enfermo en Nájera, fue a consolarle el rey leonés, que, sospechando de su hermano, evitó ser apresado y se puso a salvo. Andando el tiempo, fue el leonés quien enfermó, y su hermano mayor el que le devolvió la visita parecer inocente de toda acusación y mostrar su buena disposición, pero con el deseo de ver desaparecer al enfermo para ocupar su trono. Fernando aprovechó la ocasión para encerrarle en el castillo de Cea, de donde escapó gracias a su astucia y a la ayuda de varios cómplices.
García se preparó entonces para la guerra, y con algunos musulmanes aliados invadió las tierras de Castilla, rechazando a los emisarios que le propusieron la paz en nombre de su hermano, «proponiéndole que cada uno viviera en paz dentro de su reino y desistiese de decidir la cuestión por las armas pues ambos eran hermanos y cada uno debía morar pacíficamente en su casa». Así pues, Fernando le salió al encuentro con un fuerte contingente, y ambos ejércitos se encontraron en la Batalla de Atapuerca, en 1054.
García se había establecido a mitad del valle de Atapuerca, tres leguas al este de Burgos, pero los leoneses ocuparon de noche un altozano cercano y desde él cayeron al amanecer contra los navarros y sus aliados. Fernando dio orden de coger vivo a su hermano, porque así se lo había pedido su esposa Sancha. Pero los nobles de León, que no habían olvidado la muerte su rey Vermudo, acabaron con García. Otra versión atribuye su muerte a un grupo de sus propios súbditos, obligados a huir a Castilla ante las humillaciones y exigencias tributarias de García.
En todo caso, el ejército de García huyó en desbandada, cayendo numerosos prisioneros en manos leonesas, entre ellos buena parte de sus contingentes moros. Fernando recuperó el cuerpo de su hermano y ordenó enterrarlo en la iglesia que éste había fundado, Santa María de Nájera. La victoria de Fernando tuvo como consecuencia la reincorporación a Castilla de las tierras reclamadas, estableciéndose la frontera en el río Ebro e imponiéndose vasallaje a su joven sobrino Sancho IV, el nuevo rey de Pamplona.

Fernando I el Magno, y el condado de Castilla

El futuro Fernando I de León nació hacia 1010 ó 1012, como segundo vástago de Sancho III el Mayor, rey de Pamplona, por entonces entregado a aumentar sus estados a expensas de sus vecinos. Cuando el conde Sancho de Castilla falleció en 1017, dejó por heredero a García, un niño de siete años, lo que dio inicio a un período turbulento para el condado castellano. Alfonso V de León recobró las tierras comprendidas entre el Cea y el Pisuerga, conquistadas años atrás por Sancho, en tanto que Sancho el Mayor intervino para proteger a su joven cuñado, aprovechando para apoderarse de varias plazas fronterizas.
Llegado a la mayoría de edad, en 1027, García pretendió estrechar lazos casándose con Doña Sancha, hermana del joven rey de León, Bermudo III. Sin embargo, fue asesinado en 1028 por los hijos del conde de Vela, huidos de Castilla. Los leoneses vieron en esta muerte la mano del rey de Pamplona, y los castellanos una conjura leonesa. En todo caso, Sancho Garcés III («el Mayor») rey de Pamplona, salió favorecido del magnicidio: al no tener hijos el difunto conde García, la esposa de Sancho III (hermana de García) legó el condado de Castilla a su segundogénito Fernando, reservando Pamplona para el primogénito García (el futuro García Sánchez III «el de Nájera»).
Fernando casó en 1032 con Sancha, la prometida de su difunto tío, obteniendo como dote las tierras comprendidas entre los ríos Cea y Pisuerga. En 1037, Bermudo III tomó por mujer a Jimena, hermana del difunto conde García, y reclamó las dichas tierras, lo que condujo a la guerra entre ambos cuñados, siendo en este momento cuando algunos autores consideran que el conde Fernando cambió su título por el de rey de Castilla, si bien no hay constancia documental de ello.

jueves, 29 de julio de 2010

Vimara Pérez, un caudillo gallego

Vimara Pérez (Galicia - La Coruña, 873), Vimara Peres (en portugués), fue un caudillo gallego, señor de la guerra cristiano de la segunda mitad del siglo IX del Noroeste de la Península Ibérica. Vasallo del Reino de Asturias, fue enviado al sur del Miño a mando de Alfonso III de Asturias, para retomar el valle del Duero de las manos de los musulmanes, ya que se aseguraba una línea de defensa fundamental para el pequeño reino cristiano de Asturias.
Vimara fue uno de los responsables de la repoblación del territorio gallego fronterizo entre los rios Miño y Duero. Reconquistó la ciudad de Oporto (Portucale) en el año 868, repoblándola.
Vimara Pérez fue también el fundador de un pequeño burgo fortificado en las proximidades de Braga, Vimaranis (derivado de su propio nombre), que con el correr de los tiempos, por evolución fonética, se tornó a la moderna Guimarães. Guimarães es curiosamente la ciudad portuguesa enlazada en la mitología nacional portuguesa como "Cuna de Portugal".

lunes, 26 de julio de 2010

sábado, 24 de julio de 2010

Entre la Media luna y la cruz


Novela ambientada, junto con Alfonso VIII, en la madre ...de las batallas, la de Las Navas de Tolosa.

jueves, 22 de julio de 2010

Ogrodzieniec 2010 siglo XI

Jornadas Visigodas de Guadamur 2010

Coronacion del rey godo, a cargo del grupo de recreacion visigoda; Regnum Gothorum

Batalla de Aljubarrota

La batalla de Aljubarrota aconteció al final de la tarde del 14 de agosto de 1385, entre tropas portuguesas al mando de Juan I de Portugal y de su condestable San Nuno Álvares Pereira , y el ejército castellano de Juan I de Castilla. La batalla se dio en el campo de San Jorge en los alrededores de la villa de Aljubarrota, entre las localidades de Leiria y Alcobaça en el centro de Portugal. El resultado fue la derrota de los castellanos, el fin de la crisis portuguesa de 1383 a 1385, y la consolidación de Juan I como rey de Portugal, el primero de la dinastía de Avis. La paz definitiva con Castilla se estableció en 1411, con la firma del tratado de Ayllón (Segovia), tras agresiones portuguesas en territorio castellano y acciones como la batalla de Valverde (15 de octubre de 1385), con el triunfo de San Nuno Álvares Pereira sobre los castellanos en Valverde de Mérida.
Al final del siglo XIV, Europa se encontraba en medio de una época de crisis y revolución. La Guerra de los Cien Años devastaba Francia, epidemias de peste negra se llevaban vidas en todo el continente, la inestabilidad política dominaba y Portugal no era una excepción.
Durante la segunda mitad de este siglo XIV era grande la rivalidad y luchas entre Castilla y Portugal: Fernando I de Portugal, había mantenido aspiraciones al trono de Castilla dando lugar desde 1369 a las llamadas tres Guerras Fernandinas. En 1383, dicho rey portugués murió sin hijos varones que heredasen la corona. Su única hija era la infanta doña Beatriz de Portugal, casada con el rey Juan I de Castilla. La burguesía se mostraba insatisfecha con la regencia de la reina doña Leonor Téllez de Meneses y de su favorito, el conde Andeiro, y con el orden de sucesión, ya que eso significaría la anexión de Portugal a Castilla. Las gentes se levantaron en Lisboa, el conde Andeiro fue muerto y el pueblo pidió al maestre de la Orden de Avis, hijo natural de Pedro I de Portugal, que fuese regente y defendiera del país.
El periodo de interregno que siguió es conocido como la crisis de 1383-1385. Finalmente el 6 de abril de 1385, don Juan, maestre de la Orden de Avis, es aclamado rey por las Cortes reunidas en Coímbra. Pero el rey de Castilla no renunció a su derecho a la corona portuguesa, que le venía por su casamiento. En junio invade Portugal al frente de su ejército, auxiliado por un contingente de caballería francesa.
Cuando las noticias de la invasión llegaron, Juan I de Portugal se encontraba en Tomar, en compañía de Nuno Álvares Pereira, condestable del reino, y de su ejército. La decisión, tomada tras algunas dudas iniciales, fue enfrentarse a los castellanos antes de que pudiesen llegar a Lisboa.
Con sus aliados ingleses, el ejército portugués interceptó al ejército castellano en Leiria. Dada la lentitud con que los castellanos avanzaban, Nuno Álvares Pereira tuvo tiempo para escoger un terreno favorable para la batalla, asistido por los expertos ingleses. La opción recayó sobre una pequeña colina de cima plana rodeada por riachuelos, cerca de Aljubarrota. Hacia las 10 de la mañana del 14 de agosto, el ejército tomó posiciones en la vertiente norte de la colina, de frente a la carretera por dónde los castellanos eran esperados. Siguiendo el mismo plan de otras batallas del siglo XIV (Crécy y Poitiers son buenos ejemplos), las disposiciones portuguesas fueron las siguientes: caballería desmontada e infantería en el centro de la línea rodeadas por los flancos de arqueros ingleses, protegidos por obstáculos naturales (en este caso ríos). En la retaguardia, aguardaban los refuerzos mandados por Juan I de Portugal en persona. En esta posición, altamente defensiva, los portugueses esperaron la llegada del ejército castellano protegidos por la vertiente de la colina.
La vanguardia del ejército castellano llegó al teatro de la batalla al mediodía, bajo el sol inmisericorde de agosto. Al ver la posición defensiva ocupada por lo que ellos consideraban rebeldes, el rey de Castilla tomó la acertada decisión de evitar el combate en estos términos. Lentamente, debido a los 30.000 soldados que constituían sus efectivos, el ejército castellano comenzó a rodear la colina por el camino del lado del sol naciente. Las patrullas castellanas habían verificado que la vertiente sur de la colina tenía un desnivel más suave y era por ahí por donde pretendían atacar.
En respuesta a ese movimiento, el ejército portugués invirtió su disposición y se dirigió a la vertiente sur. Ya que estaban en inferioridad numérica y tenían un camino más corto que recorrer, el contingente portugués alcanzó su posición final al inicio de la tarde. Para evitar nerviosismos y mantener la moral elevada, Nuno Álvares Pereira ordenó la construcción de un conjunto de trincheras y cuevas en frente de la línea de infantería. Esta táctica defensiva, muy típica de los ejércitos ingleses, fue tal vez una sugerencia de los aliados británicos presentes sobre el terreno.
Hacia las seis de la tarde, los castellanos estaban preparados para la batalla. De acuerdo con el registro escrito por el rey de Castilla tras la batalla, sus soldados estaban bastante cansados tras un día de marcha en condiciones de mucho calor. Pero no había tiempo para volver atrás y la batalla comenzó.
La iniciativa de comenzar la batalla partió de Castilla, con una típica carga de la caballería francesa: a toda a brida y con fuerza, para romper la línea de infantería adversaria. Mas, tal como sucedió en la batalla de Crécy, los arqueros ingleses colocados en los flancos y el sistema de trincheras hicieron la mayor parte del trabajo. Mucho antes de ni siquiera entrar en contacto con la infantería portuguesa, la caballería ya se encontraba desorganizada y confusa, dado el miedo de los caballos a avanzar por terreno irregular y la eficacia de la lluvia de flechas que caía sobre ellos. Las bajas de la caballería fueron grandes y el efecto del ataque nulo. La retaguardia castellana demoró en prestar auxilio y en consecuencia, los caballeros que no murieron fueron hechos prisioneros.
Tras este percance, la restante, pero substancial parte del ejército castellano entró en la contienda. Su línea era bastante extensa, por el gran número de soldados. Al avanzar en dirección a los portugueses, los castellanos fueron forzados a desorganizar sus propias líneas para caber en el espacio situado entre los dos ríos. En cuanto los castellanos estuvieron desorganizados, los portugueses redispusieron sus fuerzas dividiendo la vanguardia de Nuno Álvares en dos sectores, para afrontar la nueva amenaza. Viendo que lo peor todavía estaba por llegar, Juan I de Portugal ordenó la retirada de los arqueros y el avance de la retaguardia a través del espacio abierto en la línea de frente. Fue en ese momento en que los portugueses tuvieron que llamar a todos los hombres y se tomó la decisión de ejecutar a todos los prisioneros franceses.
Atrapados entre los flancos portugueses y la retaguardia avanzada, los castellanos lucharon desesperadamente por la victoria. En esta fase de la batalla, las bajas fueron muy grandes por ambos lados, principalmente del lado castellano y en flanco izquierdo portugués, recordado con el nombre Ala de los enamorados. A la puesta del sol, la posición de los castellanos ya era indefendible y con el día perdido, Juan I de Castilla ordenó la retirada. Los castellanos se retiraron en desbandada del campo de batalla. Los soldados y el pueblo de los alrededores seguían el desenlace y no dudaron en matar a los fugitivos.
De la persecución popular surgió una tradición portuguesa en torno a la batalla: una mujer, de nombre Brites de Almeida, recordada como la Panadera de Aljubarrota, muy fuerte y con seis dedos en cada mano, emboscó y mató con sus propias manos a muchos castellanos en fuga. Esta historia no es más que una leyenda popular, pero la masacre que siguió a la batalla es histórica.
En la mañana del 15 de agosto, la magnitud de la derrota sufrida por los castellanos quedaba patente: los cadáveres eran tantos que llegaron a interrumpir el curso de los ríos que flanqueaban la colina.
Las pérdidas humanas fueron cuantiosas, muchos de los caídos, como Pedro González de Mendoza, Señor de Hita y Buitrago, Juan Téllez de Castilla, Señor de Aguilar de Campoo, o Diego Gómez Manrique, Señor de Amusco y Treviño, pertenecían al más alto escalafón social y nobiliario, lo que causó luto en Castilla hasta 1387.
La caballería francesa sufrió en Aljubarrota una derrota más en contra de tácticas defensivas de infantería, tras Crécy y Poitiers. La batalla de Azincourt, ya en el siglo XV, mostró que Aljubarrota no fue el último ejemplo.
Con esta victoria, Juan I se convirtió en rey indiscutido de Portugal, el primero de la casa de Avis. Para celebrar la victoria y agradecer el auxilio divino que creía haber recibido, Juan I de Portugal mandó erigir el monasterio de Santa María de la Victoria (monasterio de Batalla) y fundar la villa de Batalla (Batalha).

martes, 20 de julio de 2010

La batalla de Najera

(algunas veces llamada Batalla de Navarrete) fue librada el 3 de abril de 1367 en las proximidades de Nájera, en una línea paralela al camino que iba al norte desde Alesón a Huércanos y Uruñuela. Actual Comunidad Autónoma de La Rioja, (España).
Fue un episodio de la Guerra Civil de Castilla que enfrentaba al rey Pedro I de Castilla con su hermanastro, Enrique de Trastámara, que pretendía el trono. El poderío naval de Castilla, muy superior al de Francia y al de Inglaterra, hizo que estas naciones, enfrentadas por entonces en el conflicto conocido como Guerra de los Cien Años, decidieran entrar en la guerra, cada una por una parte, para poder disponer de la Armada Castellana, en apoyo a su bando. Los oponentes fueron el ejército del rey Pedro, ayudado por fuerzas inglesas, mandadas por el Príncipe Negro y las tropas castellanas del aspirante al trono Enrique de Trastámara —luego Enrique II— ayudadas por contingentes franceses bajo las órdenes del condestable Bertrand du Guesclin. Nájera se saldó con una completa y catastrófica derrota del bando del pretendiente (Enrique).
Pedro debió huir a Burdeos, donde se alió con el líder de las fuerzas inglesas —el renombrado Eduardo, Príncipe de Gales, conocido como el Príncipe Negro—, quien le garantizó su apoyo militar a cambio de que Castilla, una vez restaurado Pedro en el trono, combatiera junto a Inglaterra contra los franceses.
Con este fin, Eduardo comenzó a reclutar tropas para enfrentarse con Enrique: aparte de sus propios combatientes ingleses, reunió soldados de Gascuña y Aquitania. El hermano del príncipe, Juan de Gante, llegó de Londres con 400 caballeros y un gran número de arqueros armados con arcos largos. A estas fuerzas se sumaron grupos de soldados cedidos por el rey Jaime IV de Mallorca y numerosos mercenarios.
En febrero de 1367 Eduardo cruzó los Pirineos con su gran ejército —aproximadamente 24.000 hombres— y, habiendo sido informado de que el de Trastámara se encontraba en La Rioja (España), atravesó el Ebro por Logroño y pasó por la pequeña aldea de Navarrete siguiendo el camino que llevaba a Nájera.
Enrique ubicó a sus fuerzas dejando el río Najerilla a su espalda. A los ojos de los historiadores modernos, esta situación parece un grave error táctico, pero se presume que, con un gran estratega como du Guesclin al lado del pretendiente, ha de haber existido un motivo para ello, aunque hoy se nos escape su significado. Algunos expertos exponen la hipótesis de que Enrique y Bertrand creyeron que su mejor posibilidad de victoria descansaba sobre la caballería (error incesantemente repetido por los comandantes franceses en la Guerra de los Cien Años), en lugar de confiar en el enorme número de tropas de leva. Por eso intentaron proteger su retaguardia con el río, tratando de aprovechar la ventaja que sus jinetes fuertemente armados podían obtener de la llana y uniforme planicie que se extendía frente a ellos. No podían pensar en la derrota, ya que sabían que sus fuerzas superaban en número al enemigo por al menos 30.000 hombres.

Orden de batalla y disposición táctica
Ejército anglo-castellano
La vanguardia anglo-castellana estaba comandada por Juan de Gante y compuesta por 3.000 infantes y 500 de los temibles arqueros (longbowmen) ingleses.
El centro inglés se configuraba con 2.000 infantes y otros 2.000 arqueros en medio, bajo las órdenes del Príncipe Negro y Pedro I de Castilla. Los flancos estaban cubiertos por dos fuerzas similares al mando de Captal de Buch y sir Tomás Percy.
La tercera línea o retaguardia contaba con 3.000 infantes y 3.000 longbowmen más, dirigidos por el rey balear y el conde de Armañac. En las tres líneas del ejército inglés, los infantes a pie iban en el centro y los arqueros en ambos flancos.
Ejército franco-castellano
La vanguardia del pretendiente se componía de 1.500 hombres de armas escogidos y 500 ballesteros, mandados por Du Guesclin.
El centro constaba de lo mejor de la caballería pesada, en el medio (1.500 jinetes) y grandes unidades de caballería ligera española en ambos flancos. La caballería ligera era de vieja tradición en los sistemas militares castellanos, y estaba concebida para las frecuentes escaramuzas con los árabes, a pesar de que la idea había sido abandonada por los demás ejércitos europeos de esa época. La parte central de la línea de jinetes estaba bajo el mando de Enrique.
La retaguardia incluía más de 20.000 infantes castellanos de diversos niveles de moral y entrenamiento: había competentes y bien armados soldados profesionales, pero también buena cantidad de reclutas traídos a la fuerza que no tenían la menor intención de luchar.

La batalla
Cuando el Príncipe Negro estuvo satisfecho con el dispositivo que había ordenado formar, mandó a todos los soldados que se apearan y enviaran las monturas a retaguardia para proteger a los animales.
Viendo esto, Bertrand dirigió a su vanguardia contra la parte central de la inglesa, pero, como era habitual en el conflicto anglo-francés, los arqueros ingleses dispersaron y masacraron a los ballesteros castellanos, de mucho menor velocidad de disparo. El combate se convirtió entonces en un cuerpo a cuerpo, lo cual impidió a los precisos arqueros utilizar las armas por miedo a herir a sus compañeros con fuego amigo.
Las fuerzas de Eduardo y Bertrand quedaron trabadas sin posibilidad de moverse, y así permanecieron durante el resto del combate, luchando mano a mano en varios grupos densamente unidos.
Cuando los flancos ingleses atacaron, la caballería ligera española se lanzó contra ellos. La idea era erosionar ambos lados y hacerlos retroceder para formar una «bolsa» donde encerrar a la parte central, para destruirla luego con comodidad mediante la caballería pesada.
Fue un grave error: si bien la táctica explicada había dado resultados muchas veces, siempre se había utilizado contra infantes armados de lanzas o ballesteros de lentísima recarga. Contra los letales arqueros ingleses se reveló desastrosa. A medida que los españoles se movían a lo largo del frente, echando atrás sus jabalinas y rehuyendo el combate singular, los arqueros de los flancos se cebaron en ellos ejecutando una gran carnicería. Al intentar retroceder para reorganizarse, los caballeros quedaron a la distancia que a los longbowmen les resultaba más cómoda, y las bajas fueron aún peores.
Ante este desastre, la caballería pesada intentó atacar a los arqueros. Jamás consiguió llegar hasta ellos. Una nube de flechas terminó con animales y jinetes apenas comenzada su carga. Los pocos caballeros sobrevivientes huyeron del campo de batalla y el capitán Gómez Carrillo fue capturado.
Percy y De Buch decidieron capitalizar rápidamente la ventaja obtenida: reorganizaron sus fuerzas en un solo frente estrechamente unido y lo dirigieron hacia Du Guesclin, cuyas tropas estaban aún trabadas en combate con las de Eduardo. Avanzando hacia el frente, sorprendieron a los franceses por retaguardia mientras los arqueros lo hacían por la vanguardia. Otra parte de los arqueros, dando la espalda al combate, dirigieron sus armas hacia afuera para neutralizar un posible contraataque de la caballería ligera castellana.
No debieron esperar mucho. Enrique de Trastámara comprendió que la línea de Percy y De Buch debía ser rota inmediatamente o la derrota era segura. Tres veces los jinetes cargaron contra el enemigo, y tres veces las flechas de los longbows los rechazaron con horribles pérdidas.
Eduardo, avisado de la destrucción de la caballería enemiga, desplazó su división central hacia adelante para presionar aún más sobre Du Guesclin, a lo que la desesperación de Trastámara respondió enviando al lugar a sus masas de infantes. Una vez más, los arqueros ingleses se encargaron de evitar que llegaran adonde se los enviaba. Sin asustarse por la enorme disparidad numérica, los ingleses esperaron con increíble tranquilidad a que los infantes se pusiesen al alcance de las flechas y los rociaron con decenas de salvas mortíferas. Como resultado, los sobrevivientes se dispersaron y huyeron. Enrique, dándose cuenta de que todo había terminado, los acompañó en la desordenada fuga.
La caballería española pudo escapar por retaguardia, pero la infantería tenía un problema más grave: atrapada entre los ingleses y el Najerilla, sólo podían salvarse atravesando un angostísimo puente sobre el río. Para evitarlo, la retaguardia inglesa —intacta, pues aún no había entrado en combate— rodeó al grupo de Percy y atacó a los infantes enemigos. La mayoría de ellos murieron ahogados al arrojarse de las orillas, del puente o de una presa que embalsaba el río.
Du Guesclin sólo rindió sus armas cuando comprendió que el ejército español ya no existía. De los 2.000 hombres bajo su mando directo, 500 habían muerto y los 1.500 restantes se hallaban heridos. Du Guesclin fue capturado y liberado luego tras el pago de un cuantioso rescate.

Consecuencias
La batalla de Nájera demuestra —una vez más— la superioridad de los arqueros ingleses armados con sus temibles longbows contra cualquier clase de fuerza que se les enfrentara. La singularidad de esta batalla fue que, por primera vez, tuvieron que enfrentarse a la caballería ligera, contra la cual se mostraron tan mortíferos y eficientes como siempre. Lamentablemente para los franceses, sus estrategas no aprenderían esta sangrienta lección hasta casi un siglo más tarde, y la insistencia en atacar frontalmente a los arqueros costaría todavía a Francia cientos de miles de muertos.
La mayor parte de los jefes de Enrique fueron capturados por los ingleses en Nájera, quienes los retuvieron para salvar sus vidas de la venganza de Pedro el Cruel. Aunque se suponía que Enrique había muerto, en realidad el medio hermano del rey había conseguido atravesar de nuevo el macizo pirenaico y llegar a Francia.
Como consecuencia de Nájera, Pedro I consiguió recuperar el trono de Castilla, y a continuación sometió el país a un enorme baño de sangre, con el cual se vengó de todos aquellos que habían apoyado a su hermano. Asimismo, se vio enfrentado a Eduardo de Lancaster, quien deseaba cobrarle una gran suma por la ayuda militar que le había prestado. Al no recibir el dinero que se le adeudaba, el inglés comenzó a negociar secretamente el reparto del territorio castellano entre Inglaterra, Aragón, Navarra y Portugal, retornando luego a sus ocupaciones en Aquitania.
Mientras todo esto sucedía, Enrique de Trastámara consiguió reunir por segunda vez un numeroso ejército francés y nuevamente cruzó las montañas para invadir Castilla. Esta segunda invasión culminaría en la Batalla de Montiel dos años más tarde, donde Pedro sería derrotado y luego asesinado por el propio Enrique.
Luego de la muerte de Pedro el Cruel, Enrique fue coronado bajo el nombre de Enrique II de Castilla y debió guerrear una vez más contra los ingleses, en esta oportunidad para recuperar los territorios ocupados como fianza por la ayuda prestada a Pedro: el Golfo de Vizcaya.
El drama español en la Guerra de los Cien Años no culminaría aquí: aún los descendientes de Enrique tuvieron que enfrentarse de nuevo a los ingleses en varias batallas, como la de La Rochelle y otras, entre 1372 y 1419.

La guerra de los dos pedros

Las disputas entre Aragón y Castilla sobre las fronteras y posesión del estratégico Reino de Murcia se remontaban a comienzos de siglo y hundían sus raíces en el anterior. Protectorado castellano desde 1243, el emirato se rebeló en 1264 como respuesta a la política de Alfonso X el Sabio, mucho más estricta con los musulmanes que la de su predecesor Fernando III el Santo. Esto aconteció al mismo tiempo que ocurría una peligrosa revuelta masiva de mudéjares apoyados por el Reino de Granada en el Valle del Guadalquivir. Considerando prioritaria ésta, Alfonso X concentró a sus tropas en Andalucía y solicitó a su suegro, Jaime I el Conquistador, que se ocupase él de Murcia. El monarca aragonés accedió y envió un ejército que aplastó la revuelta en 1266. Tras esto Murcia fue anexionada definitivamente a Castilla y se intensificó su repoblación por campesinos cristianos, que llegaron tanto de Castilla como de Aragón. De esta manera, al solucionar un problema Alfonso acabó creando otro para sus sucesores, pues ahora la población de muchas regiones murcianas no se identificaba con Castilla, sino con sus vecinos del norte. El Aragón del siglo siguiente vería a su vez Murcia con ojos apetitosos, receloso de que Castilla pudiese usarla como base para competir con sus ambiciones políticas y comerciales en el Mediterráneo.
La muerte de Alfonso X en 1284 trajo además un problema sucesorio, pues las leyes tradicionales de Castilla declaraban que el nuevo rey era su hijo mayor superviviente, Sancho IV el Bravo (al que además apoyaba la nobleza), pero las Siete Partidas que El Sabio escribiera designaban como sucesor al Barón Alfonso de la Cerda, hijo del primogénito de Alfonso X que le había precedido en la muerte en 1275, y que se encontraba viviendo en Aragón. Para rematar Sancho IV murió repentinamente en 1295, dejando a un niño de 9 años, Fernando IV, como sucesor. Jaime II de Aragón aprovechó entonces para intervenir en el conflicto en favor del de la Cerda y tras obtener de éste la cesión de Murcia, las tropas aragonesas la invadieron en 1296.
La resistencia fue desigual: máxima en algunas plazas, generalmente aquellas con importantes guarniciones castellanas (Alicante, Alhama de Murcia, Mula) y escasa o nula allí donde había mayoría aragonesa o Jaime supo ganarse a los notables locales (Elche, Guardamar del Segura, Orihuela, Murcia, Cartagena). La conquista del reino quedó completada con la caída de Lorca en 1300. Sin embargo Alfonso de la Cerda no consiguió apoyos en Castilla y acabó por renunciar a la Corona en el Tratado de Torrellas (1304), el cual también reconocía la cesión de lo que ahora es casi toda la provincia de Alicante a Aragón a cambio de la devolución del resto del territorio a Castilla. Aún así Jaime II se resistió a abandonar Cartagena hasta la firma de un segundo tratado en Elche en 1305, que confirmaba el anterior. El acuerdo no contentó de verdad a ninguna de las partes y en décadas sucesivas los monarcas castellanos suspirarían por la reintegración de las tierras perdidas y los aragoneses por la unificación completa del reino bajo su bandera.
Disputas domésticas... y familiares
En Castilla, los reinados de Sancho IV, Fernando IV y la primera parte del de Alfonso XI (1312-1350) se caracterizaron por la inestabilidad interna y el progresivo aumento del poder y las ambiciones de los nobles en detrimento de la Corona, labor que se vio favorecida en estos dos últimos casos por la corta edad en que los monarcas accedieron al trono (9 años el primero y 1 el segundo).[3] [4] Esta tendencia se rompió al llegar Alfonso XI a la mayoría de edad, momento en el que se reveló como un rey con carácter que impuso su voluntad con mano dura y, como hicieran Fernando III y Alfonso X, utilizando la guerra contra los musulmanes como elemento unificador. Pero Alfonso XI murió de peste negra ante los muros de Gibraltar en 1350, a los 38 años, y dejó como heredero a Pedro I, que entonces apenas contaba con 16 años. Los nobles asumieron que los últimos años del reinado de Alfonso XI habían sido una anomalía y que volvían los tiempos de corona débil ceñida por un rey niño, una afirmación que pareció confirmarse al levantar Pedro inmediatamente el asedio a Gibraltar y hacer paces con el rey de Granada (al que de hecho le uniría una gran amistad durante todo su reinado).
Mas los nobles se equivocaban. Si bien Pedro I abandonó el ideal de Reconquista de su predecesor, también impulsó desde el primer momento leyes destinadas a recortar el poder de la Nobleza en favor de la Burguesía y la propia Corona, además de otras medidas impopulares como su protección de la minoría judía. Cuando los nobles se rebelaron en defensa de sus privilegios (en una serie de levantamientos inconexos que ahora se consideran la primera parte de la Guerra Civil Castellana), el rey respondió con una crudeza inusitada y hubo varias ejecuciones. Hasta entonces lo máximo a lo que los nobles rebeldes derrotados se exponían era una multa o la pérdida de parte de sus posesiones; el hecho de que Pedro I pasase a ejecutarlos le valió su sobrenombre de "El Cruel"
El marco internacional
Cuando Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón se enfrentaron, no estaban en juego tierras que pudieran afectar a la integridad del reino aragonés. La guerra de los dos Pedros constituyó un episodio más de otra de más ancho alcance geográfico y de mayor duración, la guerra de los Cien Años, dirimida fundamentalmente entre Francia e Inglaterra. La Corona de Aragón y Castilla formaron parte de ella como aliados de aquéllos, aunque en realidad los motivos para este enfrentamiento peninsular fueron otros.
Conflictos
A mediados del siglo XIV, Castilla soportaba un profundo enfrentamiento social, cuyos bandos tenían como líderes al rey Pedro I de Castilla y a su hermano bastardo Enrique de Trastámara, pretendiente al trono castellano, respectivamente. Pedro IV de Aragón apoyó a Enrique, que, a su vez, contó con la ayuda francesa, personificada en Beltrán Duguesclin y sus famosas compañías.
El monarca aragonés tenía dos objetivos en esta lucha: incorporar el reino de Murcia a la Corona de Aragón (aspiración que data de tiempos de Jaime I, en el siglo XIII) y dominar el Mediterráneo occidental frente a Castilla y su aliada, Génova.
La guerra estalló en 1356 con motivo del hundimiento de dos naves genovesas por parte de los aragoneses en Sanlúcar de Barrameda ante la presencia de Pedro I.[6] El periodo más cruento abarca hasta 1365, porque su prolongación, entre 1365 y 1369, fue más bien entre el monarca castellano y su hermano, que acabó por destronarlo en 1369. El escenario principal estuvo en las zonas limítrofes de ambos Estados, pero los reinos de Aragón y Valencia soportaron la peor parte. Ciudades como Teruel, Caudete o Alicante estuvieron varios años en poder castellano hasta que finalmente fueron devueltas. No obstante otras ciudades como Villena fueron ocupadas y jamás regresaron a la Corona de Aragón. Las alternativas se sucedieron, como la tregua de 1357, la paz de Terrer en 1360 y el incumplido tratado de Murviedro de 1363.
Finalmente, la Guerra de los Dos Pedros acabó sin tener un claro ganador, puesto que las pretensiones de Pedro IV de Aragón no llegaron a cumplirse y Pedro I de Castilla no llegó a vencer tampoco porque fue destronado por su hermanastro Enrique de Trastámara.

Daroca Medieval

Este fin de semana, tendrá lugar en la localidad aragonesa de Daroca. La conocida feria medieval con batalla de recreación, que conmemora la batalla de los dos pedros. El de Castilla y el de Aragón.

viernes, 16 de julio de 2010

Monumento al dios Neitin en Binéfar

En el Yacimiento de la Vispesa de Binéfar, se halló el conocido como Munumento o Estela de Binéfar, donde se encontró una inscripción dedicada al dios Neitin, más conocido como Neto o Netón. Algunos dicen, sobre este dios, que fue una especie de dios panibérico, adorado tanto por celtas e íberos. Se le ha relacionado incluso con el dios de la guerra irlandés, el dios Net. Según se dice su nombre viene de la palabra celta neto, que significaba guerrero, de ahí que se entienda que fue un dios de la guerra. Aunque Neitin también fue un nombre propio íbero, o incluso formaba la raíz de otros nombres propios documentados como Neitinbeles. Por lo que puede ser que no fuera al dios a quién estaba consagrado el monumento, sino que fuera una estela funeraria en la cual aparecía el nombre propio de la persona a la que estaba dedicada. Aunque la generalidad de los estudiosos lo relacionan con el dios protagonista de hoy.
En el monumento funerario de Binéfar hay una mención a Neitin, que aunque está en ámbito ibérico-ilergete, es una zona que fue iberizada más tardíamente que otras, sobre un substrato anterior de Campos de Urnas, y con alguna influencia hallstática, e incluso en cercanía a zonas donde hubo infiltraciones galo-belgas más recientes: galos de valle del Gállego, Suessetanos de las Cinco Villas y Navarra, Galos llegados al llano de Lérida en la época de César.

Aniversario de las Navas de Tolosa


Ningún medio de comunicación se hace eco de lo que aconteció un día tal como hoy de 1212: LA BATALLA, la madre de las Batallas, la Batalla de Las Navas de Tolosa. Castellanos, aragoneses y navarros se enfrentan a los almohades por Hispania.
Batalla de Las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212), llamada en la historiografía árabe batalla de Al-Uqab (معركة العقاب), y conocida simplemente como «La Batalla» en las crónicas de la época. Permitió extender los reinos cristianos, principalmente el de Castilla, hacia el sur de la Península Ibérica, entonces dominado por musulmanes. La contienda tuvo lugar cerca de la población jiennense de Las Navas de Tolosa

jueves, 15 de julio de 2010

El tesoro de Vulturia

El héroe visigodo Wulfric vive en Segovia con su hermosa esposa hispanorromana, tratando de poner orden en una Hispania sumida en el caos por las constantes oleadas bárbaras y la falta de gobierno. Una inesperada visita de Cecilio, jefe de la colonia de leprosos asentada en la ciudad abandonada de Vulturia, le pide ayuda porque algunos de sus conciudadanos están siendo asaeteados por los caminos. Paralelamente a estos acontecimientos, Tarbalés, el nieto del mítico rey alano Atax, busca en Roma financiación para derrocar a Genserico, rey de los vándalos asentado en Cartago. Un acaudalado comerciante, Marpesio Silicio, se ofrece a ayudarle a cambio de contraprestaciones económicas cuando sea soberano. Sin embargo, poco después, el mercader romano aceptará la oferta de Neufila, mano derecha de Genserico, quien le convence para pactar con su rey y matar a Tarbalés.

Skirmish magazine

martes, 13 de julio de 2010

Baja edad media - Vyborg

Quedada, comida y entrenamiento

Algunos de los componentes de la ACRS, tendremos una reunión hoy donde aclarar algunos objetivos. Realizaremos un campamento, una comida, y un entrenamiento. Adiestrando a dos nuevos componentes en el manejo del escudo redondo, la espada a una mano y el hacha.
Evitaremos ser muy duros con ellos, si el primer día regresan a sus casas llenos de golpes, moratones y músculos doloridos, no regresaran mas. Con el tiempo pillaran gusto al dolor y la adrenalina, máxime cuando empiecen a saber luchar con las armas y comprendan que el precio que hay que pagar es el dolor temporal para conseguir algunas cosas en el combate

Hablando de escudos


Es bastante frecuente que el escudo sufra deterioro durante los combates. Los golpes de las espadas o hachas, fragmentan la madera. Problema funcional no tiene, ya que se puede continuar defendiendo el cuerpo con un escudo roto en su borde. Pero quizás no sea de lo mas estético.
Para evitar esto, es necesario reforzar el borde del escudo con material protector. Normalmente se usa el tejido de los huesos de perro. Aunque nosotros personalmente, preferimos el cuero.
El tejido de los juguetes con forma de huesos de perro, una vez hervido, es “desmontable”. Quedando una tira larga, húmeda y blanda, la cual poder clavar al borde de nuestro escudo. Una vez seca es un tejido bastante duro como para reforzar la zona mas frágil de nuestra protección, evitando así que los golpes destrocen la madera.
Todo depende de gustos, yo personalmente no uso nada. En Polonia vi gente sin protecciones en los escudos luchar, y me gusto bastante su estilo

lunes, 5 de julio de 2010

Instituciones y sociedad en la España visigoda. Población Libre no privilegiada

Vivía principalmente en las ciudades. Entre ellos había artesanos de todo tipo: orfebres, herreros, arquitectos, ingenieros, escultores, toreutas, canteros, carpinteros, tintoreros, curtidores, médicos, maestros, etc. Algunos oficios eran muy considerados y pagados.
En las ciudades importantes siguieron las comunidades de judíos del Bajo Imperio que se dedicaban al comercio, y que desde Caracalla en 212 eran considerados ciudadanos romanos. Tenían un estatus medio-alto y algunos eran muy ricos, como los transmarinii negotiatores. A partir de Recaredo empezaron a ser perseguidos y acosados con más o menos intensidad según épocas.
En ciertas ciudades vivían también algunos griegos y sirios dedicados al comercio transmediterráneo. Principalmente en la provincia llamada Spania (ni: ñ) por el Imperio bizantino desde mediados del s. VI hasta que fueron expulsados en 625 por el rey Suintila, aprovechándose del acoso mahometano al Imperio por el Este.

Los possesores eran los campesinos propietarios, que también se les denomina ingenui, privati y viliores personae, que servían como peones en el ejército.

Los rusticani eran los más pobres.
Javier Albert Gutiérrez

Instituciones y sociedad en la España visigoda. Los nobles

Los duques (dux, ducis) eran gobernadores de las provincias (ducados). Pertenecían a la estirpe real. Mandaban un ejercito formado por Thiufas, unidad de mil hombres mandada por un thiufado. El quingentenario mandaba un batallón de 500 hombres. El centenario mandaba cien hombres. El decano, diez, formadas en los útimos tiempos también por saiones y buccellarii.
Los condes (comes, comitatis) gobernaban un condado, una ciudad y su “territoria”, unidad territorial subordinada a la provincia. Es el antiguo “municipio romano” es decir una comarca con una ciudad importante. Tenían funciones militares.
Otros funcionarios menores, que controlaban la recaudación de impuestos, eran los numerarios, exactores, tabularios, talonarios y susceptores.
Las estirpes senatoriales del Imperio romano siguieron estando en la cúspide social. Algún senador desempeñó el cargo de duque, como Claudio, duque de Galicia. A través de la Iglesia desde el III C. de Toledo tuvieron gran influencia política.
Los visigodos pretendieron instaurar un Estado centralizado, a cuya cabeza estaba la institución monárquica con tendencia hereditaria. El rey era el jefe supremo de la comunidad y tenía amplios poderes judiciales, legislativos, militares y administrativos. Para reforzar su prestigio, los reyes visigodos adoptaron los atributos y el ceremonial de los emperadores. El rito de la 'unción regia', que recibían de los obispos, les confería carácter sagrado. En el IV Concilio de Toledo (633) se aprobó, de acuerdo con la tradición romano-católica, que el Rey tenía que ser elegido con la aprobación de los obispos en Toledo o en el lugar de muerte del monarca. Tanto los duques (de sangre real) como los condes pertenecían a los escalones más altos de la nobleza y se erigieron en los grandes funcionarios de la administración territorial. Las grandes asambleas políticas del reino fueron el Aula Regia y los Concilios.
Javier Albert Gutiérrez

La España visigoda. La evolución política de la Monarquía

Los visigodos fueron enviados a Hispania (ni= ñ) por el Imperio para restablecer el orden, por lo que en todo momento respetaron la propiedad, la organización administrativa y el Derecho romano. Confiscaron un tercio de las propiedades a los grandes latifundistas. Formaron una superestructura política y militar que había sido legitimada por Roma. Aportaron elementos propios”, como la Monarquía hereditaria y el Derecho consuetudinario que, en principio, coexistieron con las instituciones romanas y luego se integraron en ellas. La Iglesia Católica, en el III Concilio de Toledo, impuso la elección del rey, como en el Imperio Romano. Los francos les ganaron la hegemonía europea al convertirse primero su rey Clodoveo, en el año 496, al catolicismo y apoyar su política en el Imperio, la Iglesia romana y los indígenas romanizados católicos.
La Monarquía visigoda llevó a cabo un proceso unificador en todos los aspectos: unidad territorial, unidad del poder político y jurídico, unas creencias comunes y fusión de godos e hispanos:
Leovigildo (573-586) derogó la ley que prohibía el matrimonio entre visigodos e hispanos y emprendió la tarea de unificación del territorio, venciendo a los suevos en el 585 y anexionándose su territorio. Realizó expediciones contra los vascones y fundó Victoriaco (Vitoria) para impedir los levantamientos. Instauró en el año 577 el Imperium Hispánico nombrando Sede Regia a Toledo, adoptando el título de Princeps, símbolos reales, como el trono, el cetro, el manto real y la diadema, y todo el ceremonial bizantino de los emperadores.
Intentó la unidad religiosa, imponiendo el arrianismo como religión dominante, pero los hispanos de la Bética con la ayuda de los Bizantinos y de los suevos eligieron a su hijo Hermenegildo duque de la Bética como líder y se rebelaron. Perdieron la guerra, y Hermenegildo fue condenado a muerte por alta traición (primer mártir de la Iglesia Española), pero se demostró que sin la colaboración de los hispanos católicos era imposible gobernar España.
Su segundo hijo y sucesor Recaredo (586-601) así lo entendió y en el Tercer Concilio de Toledo, el 8 de mayo del 589, él y todo su pueblo abandonaron el arrianismo y aceptaron el catolicismo como religión oficial. La Iglesia Católica consiguió mucho, entre otras cosas, dar su visto bueno al heredero. Recaredo que, con la intransigencia del converso, destruyó todos los libros en lengua visigoda.
Suintila (621-631) expulsó a los bizantinos de sus últimos dominios, con lo que consiguió la unidad territorial.
Recesvinto (653-672) estableció un mismo código para ambos pueblos, el Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo, con lo que se restableció la unidad jurídica en la Península, y abolió el Derecho Romano. Este código estará vigente entre los cristianos durante toda la Edad Media. A su muerte el Reino de España era un Estado independiente y unificado.
Javier Albert Gutiérrez

viernes, 2 de julio de 2010

Estampas de la guerra en la España visigoda. Las grandes guerras

El primero de esos episodios tuvo por escenario el valle del Ebro y lo llamé en alguna ocasión "el primer sitio de Zaragoza". La invasión franca se produjo en el año 541 y de ella nos da breve pero exacta noticia una excelente fuente histórica contemporánea: la Crónica Cesaraugustana: En este año -dice- los reyes francos, en número de cinco, entraron en Hispania por Pamplona, vinieron a Zaragoza y la sitiaron por espacio de cuarenta y nueve días, produciendo una despoblación que afectó a casi toda la provincia Tarraconense. Las fuentes francas son, afortunadamente, mucho más ex-presivas y ofrecen relatos pormenorizados de la invasión. Se trató, sin duda, de una expedición militar importante, encabezada por los hermanos reyes Clotario y Childeberto, acompañado éste por tres hijos suyos. Zaragoza resistió, y cuando la situación se hizo insostenible, los zaragozanos pusieron su esperanza en la ayuda divina: hicieron un ayuno riguroso y una procesión penitencial desfiló sobre los muros de la ciudad llevando la túnica de san Vicente Mártir. Los francos creyeron que los asediados estaban lanzando un maleficio; pero, informados por un prisionero, llamaron al obispo de la ciudad, Juan, y le ofrecieron levantar el sitio a condición de que les entrega-ra, -y así lo hizo- la estola del santo mártir.
Levantado el cerco, ¿cuál fue el definitivo éxito militar de la expedi-ción? Los historiadores francos dicen que los invasores pudieron regresar a las Galias llevando consigo un gran botín que habrían tomado, no en Zara-goza pero sí en el resto de la provincia Tarraconense. Pero esta versión del éxito relativo de la expedición es contradicha por san Isidoro que afirma que los francos fueron expulsados de España non prece sed armis -no como fruto de súplicas sino por las armas-. Según uno de los dos relatos de la Historia Gothorum, los francos fueron perseguidos por un ejército visigodo enviado por el rey Theudis, al mando del duque Theudiselo, su futuro sucesor en el trono. Éste habría cortado la retirada a los francos, que hubieron de comprar a muy alto precio una breve tregua para cruzar los Pirineos.
Pero la principal guerra franco-gótica de todos los tiempos fue la pro-vocada por el ataque franco-burgundio contra la Galia Narbonense en el año 589. Era el año de la solemne conversión de los visigodos al Catolicismo en el III Concilio de Toledo. La finalidad del ataque, inspirado por el visceral antigoticismo de Gontran de Borgoña -el monarca senior de la estirpe merovingia- no era otro que la expulsión de los visigodos de la Galia Narbonense, la única provincia transpirenaica que conservaron con posterioridad al final del reino de Tolosa. Se trató de una operación militar de gran envergadura y, aunque quizá sea exagerada la cifra de guerreros -sesenta mil- con que, según las fuentes hispanas contaba el ejército franco-burgundio, éste debía ser muy superior a sus rivales visigodos. La batalla de Carcasona constituyó por ello una deslumbrante victoria debida a la pericia militar del duque Claudio de la Lusitania, el mejor general de Recaredo, que no era godo de raza, sino hispano-romano y católico: un buen indicio del grado de integración alcan-zado por los dos elementos populares -romano y godo- de la ya denominada unitariamente gens gothorum.
La noticia transmitida por san Isidoro no puede ser más entusiasta: Recaredo obtuvo un glorioso triunfo sobre casi sesenta mil soldados francos que invadían la Galia, enviando contra ellos al duque Claudio. Nunca se dio en España una victoria de los godos ni mayor ni semejante; pues quedaron tendidos en tierra o fueron cogidos prisioneros muchos miles de enemigos, y la parte del ejército que quedó, habiendo logrado huir inesperadamente, perseguida por los godos hasta los límites de su reino fue destrozada. Juan de Bíclaro veía en su Crónica, contemporánea de estos hechos, un signo del auxilio de la gracia divina al católico Recaredo y a su pueblo, converso del arrianismo, y comparaba la gesta del duque Claudio con la de Gedeón, que venció con trescientos hombres a una ingente multitud de madianitas. La magnitud de la victoria visigoda en la batalla de Carcasona viene corroborada por el testimonio de las propias fuentes francas. Gregorio de Tours, que arroja la parte principal de la culpa sobre el duque Boso, comandante del ejército franco-burgundio, da unas cifras alarmantes: los francos habrían tenido cinco mil muertos y otros dos mil cayeros prisioneros.
José Ordalis Rovira

jueves, 1 de julio de 2010

Madrigal Medieval 2010

La España visigoda

En la segunda mitad del siglo II d. C. los godos (originarios de lo que hoy es Prusia oriental, Lituania y Letonia) partieron de la costa sureste del mar Báltico, descendieron hasta el mar Negro y al alcanzar el bajo Danubio, atravesaron la región Balcánica para penetrar en la Península Itálica. En el año 290 d. C. se dividen visigodos y ostrogodos. En el año 332 el emperador Constantino firma el Tratado de Federación por el que el Imperio Romano se convierte en tributario de la Nación Visigoda. En el año 376 atraviesan el Danubio y conquistan parte el Imperio. En el año 378 aniquilan las legiones romanas en la batalla de Adrianópolis y dan muerte al emperador Valente. En el 382 conquistan Tracia. En el año 410 tomaron Roma, pero la abandonaron y, tras la muerte de su rey Alarico, conquistan Francia y la Península Ibérica. . Su base territorial siempre estuvo en Escitia, entendido este término en sentido amplio como un territorio situado entre el mar Báltico y el mar Negro. De allí sacaban su potencial humano.
Casi un siglo después, en el año 507, perdieron la Aquitania francesa en la batalla de Vouillé contra los francos (que, por cierto, no eran germanos), y sus centros de poder se trasladaron a España, después de haber fundado el primer Estado independiente dentro de territorio Romano en el año 475, en que su rey Eurico así lo declara. Los españoles somos sus descendientes.
Los visigodos, nación de origen báltico, fundaron el Estado español, el Reino de España (nn: ñ). El Reino de España de los godos era una unidad política, administrativa, jurídica, cultural, religiosa y lingüística y que comprendía la totalidad de la Península Ibérica y la Narbonenese gala. Su sistema político era la monarquía hereditaria (la Iglesia romana intentó hacerla electiva) en la estirpe de los Baltos (y Amalos).
Se ha especulado mucho sobre cuántos eran, pero el primero que los estudio de forma científica fue el célebre investigador ruso Mijail Ivanovich Rostovvcev, 1870-1952, quien desmintió el mito pangermanista sobre las invasiones “bárbaras”. Los últimos cálculos, basados en que la movilización de un ejército supone el 5% de la población total de una nación, en el área que ocupaban en aquel momento los visigodos, y si tomamos en cuenta la cantidad de habitantes por km2 usual en aquella época, sitúa su número total en unos dieciséis millones de personas El ejército que entró en España era de 200 banderas, integradas por mil soldados cada una, es decir, 200.000 guerreros, que si lo multiplicamos por cuatro familiares salen 1.200.000 personas. Si hubiesen sido menos no hubieran podido vencer al Imperio Romano, a los bizantinos, a los hunos, a los vándalos y dominar toda Europa con Teodorico. Las familias godas empezaron a colonizar España después de la derrota de Vouillé en 507, antes eran más bien ejército de ocupación.
Durante cuatro siglos fluyeron godos hacia España. Las cifras de obispos godos e hispanos se van igualando a partir del VII concilio de Toledo, y teniendo en cuenta que los obispos eran elegidos por todos los fieles católicos, es seguro que en las ciudades la población goda e hispana fuese pareja. Seguro que las cifras finales de godos en la Península superaban el 35% de la población total.
Todos los reyes medievales, incluido Alfonso X el Sabio, que así lo relata en su Crónica General, se consideraban sucesores de los reyes godos, de su misma estirpe, lo mismo que la nobleza, y con derecho legítimo a reconquistar el territorio perdido frente al Imperio musulmán. La dinastía de los Austrias españoles basó su legitimidad en la descendencia directa de los reyes visigodos. Desde entonces se han sucedido sin discontinuidad alguna todos los reyes españoles hasta Don Juan Carlos I, que conserva dicha sangre. El cambio de dinastías, Pelágico-alfonsina, Trastámara, Austrias y Borbones es un cambio en los apellidos, puesto que el nombre lo transmite el varón, pero la sangre, la mujer. Este hilo de legitimidad nunca se perdió en España, como los hechos demuestran evidentemente.
Los visigodos fueron el pueblo que primero identifico, dentro del Imperio Romano de Occidente, unos límites precisos como patria y Estado. La lengua goda fue determinante en la formación de la lengua Castellana, que es el latín hablado por los godos. Los españoles somos godos, somos sus descendientes, si no fuera así todos tendríamos la tez morena y el pelo negro y rizado, como nos describe el historiador Jordanes en el siglo VI d. C, en su Gética, Cap. II, 14.
Javier Albert Gutiérrez

Banquetes, aristócratas y vinos. Un modelo de consumo y uso social entre los Iberos

El caso ibérico se asemeja al etrusco sólo en la temprana producción local de vino, pero no en la adopción profunda de elementos culturales helenos. Nada impediría que fueran orientales -semitas- los rasgos originarios del banquete orientalizante en Iberia, documentado en las tumbas principescas, o en su versión mitológica en los relieves del monumento de Pozo Moro, aunque nos parecen probables unas raíces indígenas aún anteriores. Sin embargo,una vía especialmente productiva es la comparación con el caso de los pueblos célticos. Si ensayamos una aplicación, no mecánica sino flexible, a los datos ibéricos conocidos del modelo propuesto por Dietler (v. supra, Apdo. I.D.), podemos proponer que, en una primera fase tartésica y pre-ibérica, el vino tendría una función de bebida distintiva de élites aristocráticas o de una posible monarquía, con escasez de producto -proporcionado por los fenicios y/o griegos- y presencia de vajilla de lujo. No desarrollaremos este periodo aquí, porque se sale de nuestro marco cronológico, pero los datos de Huelva -tanto La Joya como otras excavaciones- apuntan claramente en este sentido. Posiblemente el enterramiento de Pozo Moro (c. 500 a.C.), con su juego individual de vino y perfume -similar a algunos ajuares e imágenes etruscas- marcaría el final de este periodo.
En una segunda fase, a partir de principios del s. V, parece aplicable un esquema similar al modelo 'Ródano' de Dietler, esto es, un uso más extendido del vino (probado y facilitado por la producción local y por la presencia abundante de ánforas en zonas del interior), utilizado como medio de cohesión social en torno a grupos dirigentes que regularían su distribución en funerales, 'fiestas de mérito' u ocasiones similares, generando una deuda ante la imposibilidad de reciprocidad por parte de los invitados a tales fiestas, que deberían entonces contribuir en forma de trabajo o prestaciones militares. Esto no significa que toda la población tuviera acceso diario al vino: los datos de la Qúéjola, con una fortificación protegiendo un centro de almacenamiento de vino, parecen indicar un estrecho control de este producto por parte de la aristocracia. El caso de Cancho Roano parece responder a un modelo similar.
Este modelo de consumo evolucionaría a partir de fines del s. V dentro de una sociedad ibérica en la que las diferencias de status no se marcan ya por un estilo de vida sustancialmente diferente entre los grupos sociales, ni por unos funerales sustancialmente diferentes, (como lo fueron antes dentro del concepto de monarquias orientales sacras defendido por Almagro Gorbea) sino que, como hemos mostrado para el s. IVa.C., fundamentalmente se distancian mediante la acumulación, la ostentación de armas y la capacidad de redistribución. El caso de la necrópolis de Los Villares, con la acumulación de vasos griegos en dos tumbas distintivas del s. V a.C., puede ser transicional entre las dos subfases dentro de este modelo de uso del vino -y de sociedad: el ritual muestra una complejidad aparentemente mayor al de otras tumbas, pero no hay una exclusividad evidente de elementos de cultura material como podía haberla, por ejemplo, en las tumbas principescas de La Joya, y no es fácil precisar el carácter del grupo -relativamente reducido- de asistentes a la ceremonia funeral en la que se depositaron los vasos áticos. A partir de principios del s. IV a.C. ya no hay duda: la jerarquía se expresa sobre todo por acumulación, no por cualidad.
El fenómeno de extensión en el uso del vino, a partir de unos comienzos claramente exclusivistas, principescos o incluso monárquicos, evolucionaría ligado a la producción local hacia un modelo de redistribución por grupos aristocráticos hacia colectivos de hombres libres guerreros, según indican los ajuares de las necrópolis del s. IV a.C.
Las virtudes sociales del vino hacen que sea muy adecuado para su bebida en contextos con un contenido ceremonial, y en momentos como funerales de personajes de cierto rango, o, incluso, en cualquier funeral de un miembro libre de la comunidad. En todo caso, los indicios son de que si su consumo llegó a extenderse más allá de los grupos más poderosos, hasta los grupos de guerreros libres, en época ibérica el vino no llegaría a tener la difusión que alcanzó en época romana, aunque los caldos locales pudieron llegar a abastecer en determinadas ocasiones al conjunto de la población. Parece pues a nuestro juicio probable que el vino fuera un producto inicialmente -ss. VIII/VII a.C.- reservado a los grupos aristocráticos más altos, cualquiera que fuera la forma que éstos tomaran. También es probable que con los inicios de la producción indígena del vino, y a partir del s. V a.C., su uso fuera extendiéndose a grupos libres inferiores, quizá guerreros-campesinos, por una combinación de mayor disponibilidad del producto y de fenómenos de redistribución y de emulación, aunque los procesos -relativamente complejos- de vendimia, pisado, prensado, fermentado y almacenamiento debieron ser durante mucho más tiempo controlados por quienes tenían la capacidad de hacerlo. Los almacenes de Cancho Roano, y las fortificaciones de Benimaquía y de la Quéjola apuntan en este sentido. Las escasas importaciones de ánforas griegas a partir del s. V a.C. (v. supra), como las documentadas en el pecio de El Sec, podrían interpretarse en este contexto como productos exquisitos destinados a la mesa de quienes, una vez extendido parcialmente el uso del vino local a capas de la población algo más extensas, mediante fiestas de mérito, banquetes funerarios, etc. quisieran así seguir manteniendo un elemento visible de distinción consumiendo vinos o aceites de importación.
No contamos con fuentes referentes al mundo ibérico propiamente dicho, pero quizá el texto ya citado de Estrabón referido al interior o norte peninsular pueda darnos una idea de cuáles pudieron ser las actitudes hacia el consumo del vino comenzaba a usarse en las áreas costeras propiamente ibéricas: "Beben zythos, y el vino, que escasea, cuando lo obtienen lo consumen en seguida derrochándolo en espléndidas comilonas familiares" (trad. A Garcia y Bellido). El vino, procedente del sur y este, donde llegó a ser abundante en época romana era comprado a mercaderes, como también hacían los Baleares.
En todo caso, y como puede mostrar el caso de El Amarejo, el vino debía coexistir con la cerveza, bebida inferior que en todo caso era corriente incluso en circunstancias señaladas como el banquete de bodas de Viriato. Tanto llamaba la atención esto a los griegos que nuestra fuente (posiblemente Polibio) habla de 'vino de cebada".
Opinamos que en Iberia, como en la mayoría de las antiguas sociedades mediterráneas, el consumo del vino debió ser un acto social colectivo, y que la costumbre de beber en solitario sería desconocida. En palabras de Seltman "Yet external aids are clearly required to help people to be natural and gay together and these are best obtained by song, by dance, and by drink. It must be real drink. Tea may be a boon, tomato-juice a medicine, but we need the grape for joy. Much may be done with spirits, and good beer is good food; but it is wine that maketh glad the heart of man". La acumulación de vasos de bebida en los depósitos de Los Villares, el almacenamiento masivo de vino en la Quéjola o Cancho Roano, la protegida producción de Benimaquía, son todos datos que apuntan hacia este uso colectivo.
Los paralelos etnográficos recientemente estudiados por M. Dietler, así como lo que sabemos sobre el mundo griego o etrusco, indican que probablemente también en Iberia las actividades, alegres o no, que incluyeran la consumición de cerveza o vino, estarían reguladas por una serie de normas implícitas o explícitas de las que nada sabemos, pero que, dados los contextos en que se documenta hasta ahora el uso del vino, tendrían dos componentes fundamentales: el religioso y el jerárquico.
Otro aspecto a determinar es si nos hallamos ante un consumo de carácter privado o público. Sin duda, en un banquete de bodas, en una libación funeraria o en un banquete funerario, el consumo en grupo se realiza dentro de un ámbito privado, pero ¿qué ocurre con el consumo colectivo de comida y bebida en el altar de Capote, quizá con motivo de un inminente asalto al poblado? o, ¿cómo interpretar la bebida colectiva de los numantinos antes de su último ataque?, o ¿qué pensar de un ritual dirigido por el dirigente alojado en el palacio-santuario de Cancho Roano?. Aquí quizá convendría hablar en términos de actividad pública y no sólo colectiva -si es que en tal estructura social puede hablarse de 'público' por oposición a lo 'privado' del rey, reyezuelo o jefe. Y es que en una sociedad como la ibérica quizá no sea fácil hablar en sentido estricto de lo 'público'. Por ejemplo, no es concebible en el estado actual de nuestros conocimientos un funeral público como el que defiende Murray para el caso de los héroes griegos, o, sobre todo, como el funeral público ateniense por los caidos en combate, el Patrios Nomos.
Con todo, un caso que nos llama la atención es el de la Sepultura 155 de la necrópolis de Baza, que contenía la famosa escultura. En las cuatro esquinas de la tumba aparecen cuatro ánforas con peculiar decoración pintada, sus bocas aparentemente comunicadas con la superficie exterior por sendas 'chimeneas' talladas en la roca cuya función no queda clara; cabría que estuviéramos ante canales para conducir libaciones desde la superficie a las ánforas, un sistema ampliamente documentado en el antiguo Mediterráneo. Por otro lado, en otro lugar hemos llamado la atención sobre el hecho de que en el centro de la tumba se documentaron hasta cuatro panoplias de guerrero, y no una más o menos grande, lo que es un caso insólito entre los ajuares con armas ibéricos. Entonces planteábamos la posibilidad de que cuatro grupos de sangre, o cuatro clanes hubieran depositado un ánfora en cada esquina y una panoplia en el centro, lo que podría indicar un ritual que desbordara el ámbito de lo 'privado'.
Más complicados son los casos intermedios de ceremonias o rituales, como podría ser el del funeral o boda de un rey o jefe, acto al que puede ser invitada toda la comunidad en una grandiosa 'fiesta de mérito: creemos que aquí estamos ante una consumición de carácter 'privado' aunque masiva y controlada por un personaje que es el dirigente político de una comunidad o incluso de una entidad política de importancia. Sin embargo, este tipo de banquete puede generar una deuda, si no es ocasional como una boda, sino periódico y frecuente; se generaría así un grupo social dependiente y ligado a un jefe, simbólica y nutricionalmente, por estos banquetes; sus consecuencias podrían afectar entonces al terreno de lo 'político' (no en el sentido heleno del término). Todo lo que venimos diciendo es coherente con la información disponible y con lo que sabemos de la estructura social ibérica del Sureste y probablemente de la Alta Andalucía a partir de comienzos del s. V a.C., pero a falta de fuentes literarias antiguas y referidas al área ibérica, y de iconografía explícita, queda como un marco probable pero en parte teórico. En realidad, la única evidencia arqueológica directa al uso social del vino deriva de la arqueología funeraria -salvo los casos de Benimaquía y la Quéjola, que apuntan como se ha dicho a un control aristocrático de la producción y distribución del vino, coherente con la propuesta de los párrafos anteriores.
Fernando Quesada Sanz